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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: G.G.G

Quizás para muchos que los llamen “guajiro” es una ofensa. Puede que sea por aquel tufillo malo que se respiraba en la Cuba colonial por nuestros campos. O al pánico que corría por el monte y las sabanas desiertas cuando cabalgaba la guardia rural del dictador Fulgencio Batista, pistola o látigo en mano, para mancillar, desalojar o matar. Tal vez de allá venga el mal paso del gesto o el rechazo a ser GUAJIRO.

Después de la alborada de enero, en ese 1959 que cambió la historia, es otra cosa, aunque todavía algunos se ofenden porque les llamen de ese modo y hasta otros, incluso, lo usen con irónico matiz para hacer notar que viven en ciudades populosas y, el interpelado, en otras menos desarrolladas. Cosas de la gente, pero decir Guajiro en Cuba es hermoso, digno, cubano, natural, sincero, ocurrente, sencillo, trabajador, honesto, humilde.

Ese guajiro nuestro es sinsonte, tierra fresca, retoño, florecita silvestre, mango, yuca, plátano, frijol, guardarraya, caballo, río, montura, sombrero, pozo, guano, canturía,  palma, ceiba, naturaleza, bohío… Es identidad. Virtud. Gracia. Humanismo. Raíz.

Me ha gustado eso de ennoblecer el género y traerlo a los términos contemporáneos y afines con los cambios sociales, como concepto semiótico y reconocimiento de género y clase, pero, con todo, siempre pensé de algún modo que en esta Isla grande y natural, reverdecida, era mejor decir “Día del Guajiro” y no “del Campesino”. Porque allí está la grandeza del cubano, su semilla, sin cosméticos ni contagios. Ilustrada, con excelente  pincel, en ese hombre y mujer del campo, que nacieron entre guanos y potreros, despiertan con los gallos, llaman a las gallinas, ponen el arado y salen a besar el rocío con sus botas y su aliento.

Este 19 de Mayo es la fecha de llenar el archipiélago con el olor a fruta fresca, el ajiaco o el lechón. La vianda con mojito y tocar las maracas, rasgar el laúd o la guitarra y bailar el son, el sucu-sucu, la tonada y ese paso doble que deleita entre risas, dicharachos y cuentos.

Esta tradición atiza el fuego de leña seca y humo, entre calderos, por toda Cuba. Unos más tempranos, otros más tarde. Algunos con candil o la luz de la luna. Los más, con bombillas eléctricas y fogones “Pike” (de keroseno).

Un campo transformado en cooperativas, nuevo, con regadíos modernos y casas de mampostería. Bien distante de aquel, pobre y olvidado de la colonia, donde nacieron los abuelos. Dispuesto en este siglo XXI a producir más para todos y crecer con los cambios que marcan hoy el mejoramiento de la sociedad y el proyecto socialista.

Y allí, como reyes y reinas, ese hombre y mujer bien guajiros, muy cubanos, nuestros y orgullosos de llevar su azada al hombro y partir la tierra en dos para darle la semilla, hoy le llega el homenaje de de su Día y en ningún tiempo se ofenden de ser GUAJIROS CUBANOS.