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Por Graciela Guerrero Garay   Fotomontaje: G.G.G

La ternura no necesita de envolturas ni pompas. Siempre te las ingenias para traer la luz a todos los rincones, aunque estén las tormentas demoliendo huesos y ventanas. Alcanza tu abrazo para que vuelva a girar el mundo y comience la más bella de las mañanas o termine la más oscura de las noches.

Eres así, Madre. No hoy, que es el segundo domingo de mayo y todos vamos con algún gesto bueno a darte el homenaje. No importa que no estés. Entre recuerdos, flores o lágrimas te alcanzamos. Es el don o el conjuro que los ángeles sembraron en tu vientre.

Tampoco hace falta llenar estas cuartillas de adjetivos para escribir tu historia. ¿Quién no sabe de tus desvelos cuando, sin balbucear palabras, damos el primer grito y lo conviertes en el más dulce de los cantos? Nadie puede negarlo, eres un himno.

Vuelves y vuelves, con la rueda de la vida y la prisa del tiempo. No desmayas. No mientes. No renuncias. Única. Los vocablos se atropellan. Lo superas todo.  Naciste hembra y te multiplicas en labriega, artesana, leona, flor, fe, fuerza, maestra, médico, soldado, arquitecta, líder, voluntad, consejo, empuje, regaño. Ya lo dije, no hay que hilvanar las letras ni coserlas.

Basta tu nombre. O esa palabra mágica… MAMÁ.  Déjanos, entonces, alcanzarte ahora y llegar, como tú, a los más escondidos confines del planeta y hacer un arcoíris con ese amor que te convierte en un inagotable y perfecto manantial de bendiciones. Déjanos, madre, ponernos de puntillas y exhalar tu esencia. Quizás, así, aprendamos a amar sin condiciones.