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Por Graciela Guerrero Garay

La carta del Director General de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), José Graziano da Silva, desmiente, sin tapices, las campañas mediáticas que dicen cruel y sádicamente que los cubanos pasan hambre y, en consecuencia, hay desnutrición. Incluso, a tono personal, algunos se atreven a señalar a Fidel y Raúl como los responsables de que en Cuba “la gente muera de hambre”.

Dirigida al líder de la Revolución, la misiva es una bofetada para quienes, bajo la existencia del Período Especial y años de real escasez, desinforman con sus ataques propagandísticos y embadurnan la verdad con aislados ejemplos e historias de personas con necesidades y penurias evidentes, pero no agregan que, la mayoría, vive de esa manera por sus propios conceptos y valores de vida.

En los barrios se conocen  con nombres y apellidos. Son casos puntuales entre los miles a los que se entregan dietas reforzadas por sus patologías o problemas de bajo peso y, para buscar dinero o saciar vicios, las venden, incluso recibiéndolas gratis o subsidiadas. Nada que ver con la totalidad del pueblo.

Los medios y ciertos personajes internos montados en el juego de desacreditar al proceso revolucionario magnifican estos hechos. Sin embargo, para nada mencionan el injusto Bloqueo Económico, Financiero y Comercial mantenido y recrudecido durante 50 años por parte de Estados Unidos hacia la Isla, el cual encarece los precios de los alimentos que se importan y limitan, a terceros países, de acciones que pudieran influir positivamente en aliviar las tensiones de abastecimiento alimentario.

Más, con tal lanza en su economía, tal como reconoce Graciano da Silva en la carta enviada a Fidel, Cuba cumplió anticipadamente la meta propuesta por la Cumbre Mundial sobre la Alimentación – efectuada en 1996 en Roma -, donde se propuso reducir a la mitad el número de personas desnutridas en cada país antes del 2015. Un mérito que comparte con Armenia, Azerbaiyán, Chile, Fiji, Georgia, Ghana, Guyana, Nicaragua, Perú, Samoa, Santo Tomé y Príncipe, Tailandia, Uruguay, Venezuela y Vietnam.

Vale preguntarse – seguro muchos se preguntan ya – cómo este país pudo estar entre los 16 que la ONU homenajeará por reducir el hambre, si lo que cuentan en las cuatro esquinas es todo lo contrario. Sencillo, en la Isla los ciudadanos tienen protección alimentaria y, de una manera u otra, nadie se acuesta sin comer ni deja de nutrirse.

Esta realidad – comprobable en plena calle y en cualquier lugar- puede percibirla cualquiera que, seriamente, venga aquí a valorar el día a día del cubano común,  el llamado de a pie, porque el tema no es la carencia de alimentos ni de ofertas. La cuestión está en el poder adquisitivo. Sin embargo, siempre hay opciones solventes para paliar las necesidades y productos que jamás faltan en la distribución normada: pan, leche, yogurt, huevos, cereales, granos y aceite, entre otros.

Insatisfacciones, existen muchas. Todavía la producción de alimentos – priorizada e ilustrada muy bien en una frase de Raúl Castro cuando era Ministro de las FAR, los frijoles son tan importantes como los cañones-, está lejos de ser lo que se necesita y aspiramos. Sin embargo, ni el violento ataque de los huracanes del 2008 que tiró al suelo los campos,  impidió a los cubanos poner algún bocado en la mesa.

Para entonces, las reservas estatales salieron en camiones y el trasiego de alimentos básicos de las provincias menos afectadas a las otras, hizo caravanas por las carreteras de la Isla. Eso no lo cuentan los medios ni los disidentes. Tampoco  informan sobre la comida repartida en los cientos de centros de evacuados, ni la que se llevó a los hospitales y lugares aislados por las lluvias o los derrumbes.

Fidel y el pueblo cubano ganan bien estas felicitaciones de la ONU. Quienes no tienen dimensión exacta de lo que significa garantizarles a millones, de manera subsidiada un mínimo de productos básicos mes a mes, y piensan en esa desmedida gula que no acepta otros manjares que no sean la carne roja y la vianda frita, puede que miren el asunto del hambre bajo la teoría del vaso medio vacío y jamás lo vean medio lleno.

Puede suceder.  Lo que no tiene cabida – y quedan muchos detalles por plasmar- es dar por hecho que cubanas y cubanos pasan hambre y hay desnutrición masiva. Hoy en Cuba todavía no existe una cultura alimentaria consolidada y extendida. Hay carestía de productos alimentarios ante el poder adquisitivo y el salario medio de la población, pero ya sea privada o estatal, sin abundancia y con permanencia cotidiana, la comida está ahí, para poder balancear la dieta y, apretaditos o compartiendo lo poco como también lo hacen los cubanos, nadie se va a la cama con el estómago vacío. La FAO saca a la luz otra verdad sin medias tintas. Los miopes o los mal agradecidos jamás lo aceptarán. Eso, también, es una perogrullada.