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Por Graciela Guerrero Garay

Camagüey siempre será la tierra de los tinajones y las noches de San Juan.  Las huellas de los viejos tiempos se mezclan con el desafío de la arquitectura moderna. Es una gracia constante que levita más allá de la memoria. Hoy, desde ayer y eternamente.

Hay lugar para los poetas, aún cuando las musas no transiten en aquellos tranvías que hicieron al abuelo arrancar una rosa y dejarla caer en una de las paradas, donde, al filo de la tarde, la muchacha de ojos azules esperaba. Ahora debe andar de canas como él. Quizás en la retina lleve todavía algún destello de aquellos ojos negros que se la tragaban en cualquier lugar.

El Puente de la Caridad retoza con las volteretas del viento en las mañanas. Sacude su osamenta bajo el taconeo de las doncellas  que perpetúan la elegancia exuberante de las camagüeyanas. Distinguidas mujeres que, otrora, desgranaron serenatas en los inviernos y subidas de sombreros, bajo el suave trotar de las calesas y los corceles de raza pura.

Fantasmas infinitos. Heridos con perfumes de modas y toldos de estreno. Lumínicos. Señales hacia el infierno o el iracundo paraíso. Gritos vírgenes. Colores. Promesas y retos. Temblores y espasmos. Un ciudad a la medida del vampiro o a la pueril inocencia de un recién nacido.

Adoquines de sueños repartidos por las cuatro bocas del planeta. Esperado puerto para los que se fueron y la dejaron desnuda de recuerdos. Salvaje en su humildad con sol. Evocación crecida. Rebelde. Orgullosa. Culta y desamparada.

Camagüey. Gertrudis y Tía Tula. Amalia y Agramonte. Soldado y centinela. Aborto y nacimiento. Viceversa. Mis sueños de adoquines se despiertan. Parieron las gardenias. Va el pregón. La ceiba de la Plaza canta. Los amantes no olvidan. La fiesta del San Juan es de rocío. Suda el tambor. La conga huele a ajiaco. Las palomas volaron. Volverán.