20130330152718-spirulina2.jpg

Por Graciela Guerrero Garay

¿Nos matará una tableta, exóticamente verde, la costumbre de elegir un  suculento o moderado banquete en un restaurant de lujo? ¿Se nos quitará para siempre esa imagen del chocolate que excita el paladar y los deseos? ¿Quedaremos sin memoria en las papilas gustativas?

Ciertamente no se responder a estas preguntas. Pero, por encima de mis incertidumbres, me asaltan ellas… ahí amontonadas, con un tufillo raro entre el olor a salitre… ¿mangle? ¿Coral? ¿Agua salada? Quizás todo voltea en mis sienes, porque cuando se celebró aquí en Las Tunas el I Taller Internacional de Filosofía, Arte y Medicina, la palabra Spirulina    la asocié con lo que me dijeron que era: un alga verdosa. ¡Y no concebía que pudiera ser la panacea del hambre para millones de personas en la tierra!

Este sábado de Semana Santa, casi un año después, los costos de los alimentos son más irracionales, mientras crecen las cifras de desempleo y los hambrientos y, por esas cosas de husmear en las noticias, ante tanto horror revuelto, aspiré a encontrar por las redes alguna solución “spiruliana” para los miles de miles de niños desnutridos y los que están a punto de morir, sujetos a la vida por esa esperanza mustia que pende de los senos secos de sus madres.

La Spirulina simulaba, entonces, el mejor remedio natural para matar el hambre. Y estaba, con sus propiedades nutritivas excelentes, clasificando como la bendición del futuro, no solo en América Latina, sino por doquier.  Sin embargo, todavía no encontré el titular de los “aplausos”. La integral alga verdosa, perteneciente a la familia de las Arthospira (platensis y máxima), no anda en los mercados como debería. Es tratada, a los efectos reales del acceso público, como un suplemento dietético más, entre los cientos que existen en la farmacopea moderna.

Acreditadas sí están las investigaciones al respecto.  No es nada nuevo tampoco. Los aztecas, los mayas y otras civilizaciones las consumían y existe antes de la conquista española, pues se reporta su crecimiento en los lagos salobres de México, especialmente en el Texcoco. Igual en el Titicaca, en Perú, y el norte del desierto de Atacama, en Chile. También por España, en el Parque Nacional de Doñana, en Huelva.

Comparable con la leche materna, cinco gramos de Spirulina mantienen con el sustento adecuado a un adulto en 24 horas y a un niño, con la mitad de esta dosis. Sin embargo, sus propiedades como reductor natural del apetito la hacen ideal para dietas adelgazantes y, claro, sobran los comerciales en la red que destacan esta virtud de la micro alga y, de remate, le anexan una foto femenina ideal: en traje de baño y delgadamente sexy y lista para broncearse en cualquier playa de este mundo.

Dejo a ustedes, pues, buscar sus efectos sobre un número amplio de enfermedades y descubrir- de no saberlo- cuan preventivo es el uso en varias patologías, mientras yo me pregunto: ¿Cuántos millones de hambrientos más tendrán que morirse, sin saber que existe la Spirulina? ¿Por qué no se comercializa más en polvo,- para agregarle a la dieta, como sugieren muchos investigadores-, que en tabletas, promocionadas a ojos vistas con sus “dones” más vendibles?

¿Habrá que pintarle cuatro patas a la Spirulina y ponerle un cascabel, para que nos percatemos que está ahí?