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Por Graciela Guerrero Garay

Serán siempre inolvidables esta concentración popular y estas imágenes. Una vez más, nos cautiva el honor y la verdad. Por la televisión cubana llega esa hermosa energía roja que une, allí en Venezuela, a  millones de millones. Es lo que me gusta llamar el amor de los buenos, porque tiende puentes, y no prejuzga, sino que acepta la diversidad que somos como pueblos, pero no divide. Multiplica. Crece.

Hugo Rafael Chávez lo merece y tiene que recibir esa telúrica fuerza  que nace en su tierra, a la que ha entregado, primero, su deber ciudadano, su alma de soldado, sus valores humanos. Después, ha sido Presidente, de su Patria, de América, de las Antillas, del Cono Sur, de África, del mundo.

Y no por sus discursos bonitos o por lo que pueda esconder o expresar en su oratoria. Sino porque él, desde siempre, miró los cerros, barrio adentro. Habla de fe y con fe. Hace, camina, suda con el humilde y brinda, con igual sencillez, con los reyes. Es, indiscutiblemente, un ser de luz.

Esta multitud lo confirma. La solidaridad que hasta allí fueron a darle los representantes de los países amigos, es la evidencia. La voz del mundo rompe barreras y le regala, minuto a minuto, sus plegarias y oraciones para que gane esta inevitable batalla. América Latina echo a andar con Chávez. Resurgió. Está viva y a viva voz defiende su nueva era.

La defensa a la Constitución en Venezuela es el Quetzal, siempre único, libre, cautivante. Es convicción, fortaleza. Amor, amor del bueno, porque sabe a gente común, con sus creencias, sus necesidades, sus ansías, sueños, realidad… todo a cuesta, como el caracol, pero natural y feliz, no comprada.

Es la lección primera de año nuevo: los pueblos no creen en títeres cuando aman convencidos e interiorizan que sociedad, comunidad, Patria, ideal, mayoría, aceptación, libertad, presente, futuro y todas las palabras que dignifiquen el derecho de nacer y hagan pista sobre el mejoramiento humano, es de TODOS, no de una minoría y, mucho menos, de quienes desde afuera quieren anular sus raíces y modos de ver la vida. Así no más, por injerencia, prepotencia, abuso de poder o ambición desmedida.

Chávez lo merece, porque nació en el ALBA y, ahí mismo, le injertó retoños para que pariera. Ya nacieron los hijos de los hijos. Y están vivos.