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Por Graciela Guerrero Garay

Una vez más la perogrullada de que cuando se trata de Cuba la colmena se revuelve, salta todos los telones, incluso hasta las escenografías que se enseñorean con las palmas y le riegan aguas buenas para que sigan fuertes y bien estiradas sobre la maleza. Felizmente, los cubanos sabemos distinguir entre el blanco y el gris y valoramos, con todas sus aristas, lo que significa que el Papa Benedicto XVI venga a la Patria, tal como fue cuando lo hizo su antecesor Juan Pablo II.

No importa que existan tantas opiniones encontradas. Lo vital es que esta nación le espera con los votos de fe y respeto que, durante todos estos días y meses previos al anuncio de su llegada, se destacan en los medios de comunicación, en las parroquias comunitarias, en las iglesias y en las oraciones y plegarias, no solo de los católicos, sino también de quienes saben que el máximo representante del Vaticano es una personalidad que merece toda la excelencia que un rango y una misión de este tipo exigen. Y en la Isla existe cultura, amor, devoción y muchas añoranzas nobles para esto.

A Frei Betto lo admiro desde que descubrí su alto valor moral y humano en su libro Fidel y la religión, y por eso me complace doblemente poder citar sus palabras: “La visita del Papa Benedicto XVI será una bendición para el pueblo de Cuba”, dichas a la agencia ANSA en La Habana y publicadas en la página digital CUBADEBATE. Lo mismo que relatar que de forma pacífica se solucionó la desagradable situación acontecida en el Santuario Diocesano y Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad, en la capital cubana.

El mensaje transmitido por el Cardenal Jaime Ortega ante las cámaras de la Televisión Cubana, en horario estelar, para dejar a luz clara las esencias de la decisión del Papa de reunirse con los feligreses y el pueblo cubano, es otra muestra de toda la voluntad mayoritaria que impera en torno a su viaje al caimán caribeño.  Y este clima de paz – como siempre – es el que tratan de perturbar quienes no quieren ver los aires nuevos que bañan este archipiélago.

Pero la verdad sale a flote aunque la disfracen de payaso o la escondan en la más profunda de las cuevas. Los católicos y los ateos –incluso- esperan a Benedicto XVI con el corazón abierto. No es asunto de iglesias, es una proyección del humanismo y la unidad que, entre la diversidad, deben defender todos los terrícolas porque tan cierto como que el amor vence siempre al final del camino, creo que lo es también que el odio y darle comida al diablo entorpecen las veredas puras y acarrea oscuridades evitables.

Bienvenido sea el Papa. Los días que se vivieron aquí de intenso regocijo con Juan Pablo II se multiplicarán. Porque como nunca antes el Padre nuestro latinoamericano es un himno de esperanza que sacude estas tierras del continente nuestro. Es el año Jubilar de la Santa Patrona, la Virgen Mambisa. Y ella estará siempre ahí, como ha estado, sujetando la viril enseñanza que ondea, hace más de medio siglo, como Faro del Caribe.