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Por: Graciela Guerrero Garay  Foto: Tomada de la Web.

Porque una sonrisa de ustedes vale un imperio… porque son la esperanza… porque llenan de luz el oscuro del día… porque aman, sueñan y nos enseñan que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz… esta página les abre los brazos… no importa el idioma, no importa el país, no importa la religión… ustedes nacen para multiplicar la vida… y si hay una verdad cierta que conmueva al planeta es esta: Nada es más importante que un niño.

Meñique es un pequeño espacio que le dedico con todo cariño desde Las Tunas, Cuba, a nuestros niños dentro y fuera del país, cubanos o no, porque para todos debemos crear y dejarle un mundo mejor. Ojala Meñique sea a partir de hoy un buen amigo, un confidente o algún que otro duendecillo travieso donde pueda encontrar alguna cosa muy, muy importante que les ayude a crecer.

Aquí les propongo el primer  secretico de Meñique

En la intimidad de un hombre

Fue un enero frío aquel de 1610. Sin embargo, para el señor de cara noble y larga barba blanca no tenía importancia. Su vida parecía resumirse a observar el cielo, con un tubo de lentes en sus extremos. Tal vez nadie imaginara entonces que ese hombre, profesor de la Universidad en Padua, estaba revolucionando la ciencia y la astronomía.

Galileo Galilei era su nombre y fue el inventor del primer telescopio rudimentario que se conoce. Aunque su mérito radicó, quizás, en hacer lo contrario a lo que hicieron los sabios de la época. Él estudiaba la realidad y la describía sobre la base de sus observaciones y experimentos, para luego traducir los datos a fórmulas matemáticas. Este método, llamado experimental, es usado hoy por todos los científicos.

De aquellas “largas miradas” nació su famoso libro Sidereus Nuncius (“Anuncio Sideral”). En la Luna encontró valles y montañas como en la tierra; descubrió los satélites de Júpiter y le vio las manchas al Sol. Y, noche a noche, daba crédito a los postulados de Copérnico y Kepler, al tiempo que desnudaba el nuevo rostro del universo.

Ya él sabía que Copérnico no se equivocó al ubicar al Sol en el centro del universo, aunque esta hipótesis fue condenada por la iglesia en 1616, porque negaba el texto bíblico que dice “Dios detuvo el Sol”. Mas, Galileo afirmaba que no podía tomarse literalmente a las Sagradas Escrituras pues no eran un tratado científico y, en consecuencia, escribió varios libros que favorecían estas ideas, fundamentalmente el titulado Dialogo sui massimi sistema (Diálogo sobre los Grandes Sistemas).

La protesta de la iglesia no se hizo esperar y, en 1633, condenó al venerable hombre de larga barba blanca al confinamiento en una villa en Arcetri, en las colinas cerca de Florencia. Allí murió ciego en 1642.

Hoy la imagen y los estudios de Galileo Galilei han sido reivindicados, sobre todo por el pontífice Juan Pablo II. Quizás por eso y por su complicidad con las estrellas, éstas ahora nos hacen un picaresco guiño como reservado los secretos que sólo él, desde la gélida tranquilidad de su ventana, supo revelar.