20110621070643-mercado-de-vejetales-el-tropical-f.norge-18-3-08-5-new1.jpg

¿Quién paga el kilo que no suena?

Por Graciela Guerrero Garay

Naomi Cortés Pérez llega a la casa irritada y sin encontrar una razón convincente del maltrato que ha recibido en el establecimiento del mercado La Unión que vende productos liberados. Hizo una enorme cola para comprar arroz el viernes 27 de mayo y, al interesarse luego por unas salchichas, la dependiente le dice que no puede despacharlas porque ella está sola en la venta del cereal y es la que atiende ese mostrador, instándola a que vuelva a “marcar” y, cuando le toque, entonces le despacha el embutido.

Mientras, otros dependientes, al no tener clientes en sus respectivos departamentos, están desocupados. ¿La administración no puede adoptar estrategias internas que eviten dichos disgustos en la población, sabiendo ya que cuando hay arroz o azúcar se le dispararán las ventas y su deber, sin que haya que orientarlo desde “arriba”, es comercializar todo lo que tiene en el listado de ofertas? Lo sabe, pero no lo hace. Entonces el vicio de dar un mal servicio, dejar de ingresar a la economía y  no realizar un buen mercadeo da la cara.  

Este hecho no es aislado  ni nuevo y se pega como la gripe. En las cadenas de divisas que, en sus inicios, eran un excelente reflejo de una cultura comercial sucede y casi ninguna tienda se escapa de justos comentarios negativos sobre la gestión de venta. No hace mucho otra cliente me narraba que recorrió varias shopping buscando blúmeres y no supieron decirles cuáles tallas existían. Con desgano, la incitaban a buscar en las cestas a ver si ella misma la encontraba, cuando pudieron atenderla con cortesía pues era la única que compraba en ese momento.

Un kilo suena, y suma. Cuando me pongo a estudiar los recientes aprobados Lineamientos para la política económica y social y repaso cada palabra de Raúl Castro en el VI Congreso del Partido, acabo en la misma pregunta: ¿romperemos la inercia y tiraremos parejo de la cuerda para cambiar el panorama? Si quienes tienen que aumentar las arcas estatales, ya sea con producciones como con servicios, den estas señales de indiferencia ante el reclamo del consumidor… ¿a dónde vamos?

Y es que ahora, el maltrato se llama dinero y futuro. El precio de las importaciones crece más que la espuma. El imperialismo no duerme, al contrario. Decenas atrás empezó a boicotear el petróleo de Venezuela, que es el ALBA de América Latina y ahí estamos los cubanos. El bloqueo sigue en pie y nadie sabe qué podrá suceder mañana mismo. La pelea por salvarnos de debacles mayores es nuestra. Un cliente que deje de comprar, existiendo el producto o la solución alternativa, es plata que se va al aire o a un bolsillo que no lo revertirá en piezas de repuesto, material escolar, medicinas, inversiones, alimentos…

Hay necesidades como el arcoíris, pero hay que cambiar ese lenguaje apático y fatalista de que “esto no lo arregla nadie”. Nosotros tenemos que arreglarlo y podemos. Puede que una administración no piense, esté acomodada, pero ¿y los demás? ¿Tampoco piensan? Raúl Castro ha dado el poder a la acción, a la crítica. Lo reitera. Quien no asuma en su pedacito el roll que le pertenece es porque no quiere. Eso de que “me marco y me botan” no es el discurso de estos tiempos, si es que alguna vez lo fue en determinados lugares. Y el ejemplo viene vertical.

Creo que sectores tan vulnerables como el Comercio y la Gastronomía tienen que acelerar sus ajustes de cuenta, asumir verdaderas gestiones de venta y respetar a sus clientes – consumidores. Así no se gana batalla alguna y menos la económica. Vender – vender y ganar- ganar son reglas elementales del mercado. El kilo que no suena no puede pagarlo ni el pueblo ni el Estado. Ojo con estos faltantes de ética y marketing. Al final, es otro dañino delito económico, pero más sutil y hasta ahora no condenado.