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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando leí por primera vez el libro El Principito una de las moralejas que más me impactó fue justamente la que encerraba la frase “hay que soportar dos o tres orugas para ver las mariposas”.  Su realismo me hizo pensar en muchas cosas, a pesar de que era una adolescente. Hoy creo que siempre sucede, si queremos ver algo hermoso al final de una meta.

Ante el proceso de reordenamiento de la fuerza laboral en el país la recordé con esa meridiana sabiduría que trasmite en uno de los volúmenes más utilitarios y provechosos que he leído hasta aquí, pues se trata de eso, orugas y mariposas. Lo que ahora parece incongruente, es la coherencia de un mañana cercano. En los grandes momentos, hay que tomar grandes decisiones. No solo por la necesidad insoslayable que tenemos de acabar con la ineficacia económica, sino porque es el camino para acercarnos a la calidad de vida que, en generaciones, aspiramos y soñamos y por la que también, en siglos, muchos cubanos apostaron corazón, sudor y vida.

La nación está urgida de revertir cifras y buscar alternativas que levanten de una vez la economía.  Como todo asunto nuevo que requiere de cambios conceptuales y la interiorización consciente de transformaciones estructurales, es complejo, difícil  y susceptible a inquietudes, miedo, resistencia, incomprensión y hasta frustraciones personales según el modo de asumirlo e, incluso, interpretarlo. Por eso es importante el tacto y las maneras en que se enfoque por parte de quienes tienen la responsabilidad – difícil igual- de valorar los que deben quedar disponibles.

Empero, hay que asumir la realidad y no resistirse a lo que es una prioridad impostergable: lograr rentabilidad, productividad, eficiencia y ganancia en la gestión laboral. No puede seguir el cuento de que “Liborio” pierde, yo cobro sin hacer nada y por demás, me llevo la “lucha” que me da la “pasta”.  El mundo ya no es igual y hay reliquias sociales que, sin medias tintas, todos estamos comprometidos a preservar como sociedad y miembros que somos, estemos afectados o no. Nadie, en lo individual, es el ombligo del mundo.

Según los estudiosos, los cambios suelen ser traumáticos y dudo que alguien se haya escapado de alguna “sacudida” en su historia de vida, por eso no es incoherente ni ilógico que existan temores, preocupaciones y dudas, más cuando todavía no salen a la luz las regulaciones, nuevas leyes, ofertas y direcciones en que encontrarán cause las labores de quienes  resulten no necesarios en sus centros de trabajo. Pero algo está muy claro ya: No se dejará desamparado al trabajador. En tiempos de bonanzas y crisis jamás ha sucedido. Pienso ahora en el inicio del período especial cuando cerraron fábricas enteras y la empleomanía fue hasta con el 60 por ciento del salario a casa. Mucho dinero sin respaldo productivo, las mismas facilidades en el resto de las cosas: cuota, escuela, salud, divertimento.

Y virando la hoja, en el diapasón de opiniones que ruedan por ahí también siempre estuvo el reclamo de que se pague bien al que bien trabaje, o que suban los salarios. Mucho se ha dicho “tanta gente ahí, para qué, si hay demora, si no resuelven nada, si se las pasan conversando…” Otros confiesan que “se aburren” porque no tienen nada que hacer. En fin, no le demos la espalda tampoco a una evidencia que nos acompañó hasta el presente y que, cada día, cedió espacio al acomodo, a la inercia laboral, a los falsos informes  y al fraude económico en general.

Trabajar para tener, sobre todo alimentos en la mesa, que es otro reclamo popular. Es hora ya que honremos lo que nos caracteriza y encontremos y demos respuesta colectiva a esa pregunta que nosotros mismos incluimos en la lista de demandas: ¿hasta cuándo un país agrícola tendrá una agricultura insostenible? Llegó el momento de buscar el horizonte, juntos, conscientes y convencidos de que hay orugas y mariposas, pero para el bien de todos tenemos que ayudar a que muy pronto salgan a volar las mariposas.