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Iguales ojitos de azabache. La misma desgarradura. ¿Por qué antes nadie se acordó de estos angelitos negros?... ¿Por quéeeeeeee…?

(Foto Reuters. Logan Abassi)

 

Por Graciela Guerrero Garay

 

Haití es ahora mismo un amasijo de memorias.  Un grito seco de una garganta muda. Un rostro sin piel. Una calle sin nombre.

 

 

Me duelen sus piedras sobre piedras. Aprendí a amarlo cuando caminé sus patios desnudos en las cartas que recibía de mi hermana. Su primera misión internacionalista como Doctora General Integral la cumplió allí. Supe de la desesperanza eterna, llevada y traída por las moscas de una choza a otra. Pies descalzos, siempre pies descalzos. De todos los tamaños, siempre negros.

 

 

Julia del Carmen me contaba. Todavía guardo el susto de  aquella chiquilla de ojitos de azabaches al ponerle los médicos y enfermeras cubanos la primera vacuna de su vida. Su abdomen era idéntico a la pelota de fútbol de mi hijo. ¿Dónde estará ahora? ¿Quedará alguna de las cazuelas que humeaban aquel caldo raro, que nunca supe bien de qué estaba hecho? Era la única comida para casi todas las familias de Fort Liberté.

 

 

Nunca vi tanto dolor y pobreza cuajados en los ojos de la gente. El álbum de fotos de mi hermana jamás necesitó tener rasgos humanoides para ser un excelente delator – relator ante un Tribunal Internacional Yo Acuso al Imperialismo, o cualquier Comisión o podio que aborde los Derechos Humanos. Casi 10 años después nada ha cambiado. Haití, la pobre Haití, grita con pánico de muerte y telúricas lágrimas su vitalicia pobreza.

 

 

Cada imagen del brutal sismo que le azotó a su querido Puerto Príncipe – hasta en el nombre encuentro paradojas – el pasado día 12 de enero me trae el corazón de vueltas.  El raudal de preguntas se derrama. Se repite. Se puede multiplicar. Los cataclismos no van a la escuela ni estudian geografía.

 

 

Hermosa, sí, la solidaridad y los millones de pesos que llegan desde todos los puntos del planeta. Haití, ahora, preñada y pariendo su dolor, no tiene enemigos. Hasta parece alcanza la riqueza para la chiquilla de ojitos de azabache. Tal vez pudieran comprarle la muñeca que jamás soñó. O lacearle las maltrechas y encrespadas trencitas que le robaban la inocencia a su rostro. ¿Por qué ahora y antes no?

 

¿Cuántos muertos más tiene que poner el Tercer Mundo para abrir las bóvedas bancarias de los grandes, pequeños y medianos?    ¿Hasta dónde debe temblar la tierra para movilizar a todos, como si fuéramos iguales ante el derecho de vida? Valiosamente imprescindible la respuesta de socorro de tan disímiles gobiernos, organismos, instituciones, ONG, personalidades, consternados, conmovidos…

 

 

Muy buena la cobertura de prensa amarilla, roja, semiblanda y por cocer. Sigo pensando en la chiquilla de ojillos de azabache. Tengo abierto el álbum de mi hermana. Otros recuerdos son buitres en mi espalda. Haití grita en voz alta. Su pena supera el terremoto de 7,3 en la escala de Richter.

 

 

 ¿Alcanzará la aritmética para contar tantos cadáveres? Después de esto, ¿Tendrán los negros haitianos que seguir emigrando? ¿Se les pondrá en alguna Ley que están exentos del racismo? ¿Dejarán de pasar hambre para siempre? ¿Podrán los sobrevivientes tener al menos lo que la tierra se tragó?

 

 

¡Qué impertinencia la mía con este raudal de signos sin respuestas! Acabo de presenciar la reunión realizada en el vecino Santo Domingo, República Dominicana. El Presidente de Haití  René Preval traía en las pupilas el dolor de los ojitos azabaches. Un terremoto milenario de heridas tan abiertas como las grietas de los edificios. También hacia preguntas. Agradecía la solidaridad…

 

 

El monstruo de Fort Liberté estaba ahí. Uñas de sangre que conocí por cartas. Orgullo que me nació redondo. No hizo falta un terremoto para que Cuba, mi Cuba internacionalista, le llenará sus caminos de una esperanza cierta. Fue hace ya casi 10 años. Ahora, como la primera vez, vuelven los médicos cubanos a pintarle un arco iris. Nunca se fueron. Llegaron más.

 

 

Haití, la hermana Haití, es ahora un amasijo de memorias. Por doquier aparecen fantasmas con la retina muerta, como el susto del hambre de ojitos de azabache. No hacen falta soldados, ya lo dijo Fidel Castro, no hacen falta soldados. Haití, la pobre Haití, necesita un ejército de médicos que le curen su alma para siempre.