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La flota de la desvergüenza

 

Por Graciela Guerrero Garay

 

Las voces que se levantan para que Estados Unidos elimine el bloqueo económico a Cuba saben que están demandando.  La reiterada acusación de los cubanos de las afectaciones que ello origina no es asunto de ganar una batalla política o llevarse el gato al agua, frente a la nación que a lo largo de 50 largos años se declaró su enemigo incondicional, con una guerra que incluye desde la invasión a su territorio hasta la sanción a terceras naciones y personas por apoyar de manera solidaria a la Isla.

 

Ahora recuerdo cuando un grupo de amigos italianos que está hermanado con Las Tunas, en uno de sus viajes de solidaridad, me testificaba que pasaron incuestionables trabajos para lograr el embalaje de los donativos que traerían consigo, porque en las fábricas donde podían adquirirlos las producciones eran cooperadas con ese país y les estaba prohibido vender mercancías destinadas a la nación caribeña.

 

En los propios Estados Unidos, ciudadanos norteamericanos, empresarios de prestigio y dueños absolutos de sus negocios, han sido multados por comercializar con Cuba. Hasta la prensa que jerarquiza atacar a los cubanos por la simple notificación de un “periodista independiente” de que la leche llegó tarde a un punto de venta en un municipio rural, no ha podido silenciar el hecho y poner al desnudo el alcance impúdico de los tentáculos del genocida bloqueo comercial y financiero.

 

Pero eso no lo critica ni denuncian como lo peor de la tierra las organizaciones ni las fundaciones contrarrevolucionarias radicadas en Miami, cuando son periódicos miamenses los que difunden las sanciones. De eso no parecen enterarse. Del más mínimo detalle de la Isla, sí. Y de eso hacen entuertos a diestra y siniestra hasta llegar a lo que quieren: mostrar al proyecto socialista como la peor de las dictaduras, incluidos sus máximos dirigentes.

 

Lo cierto es que las pérdidas por el embargo comercial son tan reales como la Estatua de la Libertad que solo puede simbolizar allí la libertad de corso y piratería que  el imperialismo yanqui convirtió en Ley para saquear a Latinoamérica, dividir al mundo en muy pobres y muy ricos, atacar a favor de sus ganancias cuantas naciones le han venido en ganas y hasta fabricar una lista negra de países terroristas, arrogándose el derecho de declararles la guerra y matar a sus pueblos sin escrúpulo alguno.

 

Al calor de estos  días y el precio actual del dólar, el estimado de perjuicios a la nación cubana se estima en una cifra superior a los  236 millones en este medio siglo de usurpación concreta de un derecho soberano, que sin equivalencias ni comparaciones llega a los 96 mil millones de dólares. ¿Cuánto bienestar para su pueblo podría haber adquirido el Estado Cubano con esta cantidad de dinero? No tengo idea, pero si estoy clarísima de que nada de ello se condena por los disidentes cuando hacen sus arengas de libertad, abogan por la libre  expresión y parecen aves de rapiña por ganarse un lugarcito importante en los fórum y sitios de internet donde se trata, siempre como la novedad del planeta, el tema Cuba y la angustia de los cubanos.

 

Hace apenas nada la crisis económica le mojó el zapato a los Estados Unidos. Su anterior presidente dio rúbrica abierta no solo a la muerte de millones en Irak e Irán, sino que enroló en su belicismo a miles de soldados americanos y enlutó a cientos de familias de su estirpe. Pero no lo acusaron ni lo acusan como lo hacen con Fidel Castro y el alto mando de la Isla. En las tantas actas, declaraciones y demandas que hacen los llamados partidos de oposición en Cuba, los presos políticos, la disidencia y los tales periodistas independientes tampoco hay nada que acuse al Bushito asesino.

 

¿Hay que tragarse, entonces, que esta gente sabe lo que demanda? ¿Son con estos valores que dejan entrever y acuñan a los cuatro vientos como mejorará la sociedad cubana y obtendremos esa libertad libertinaje que, para ellos, no existe hoy entre los cubanos? O son verdaderamente bobos o creen bobos a todos los demás, porque hasta la mezquindad tiene un límite.

 

Otro diciembre caerá pronto sobre el Día Internacional de los Derechos Humanos y el mundo lo esperará sin cambio alguno. Perdón, qué digo… hay muchos cambios, solo que tan negros y peligrosos  como el agujero de la capa de Ozono. Mírese las muertes en Honduras. Busque la cifra de desempleados en Estados Unidos. Siga la lista de secuelas de la guerra de Irak. Mire lo que sucede en Colombia. Asómese a las estadísticas de la FAO y vea en cuanto aumentó el número de hambrientos y los fallecidos por su causa. Cuente los niños. Siga buscando.

 

Con una elemental operación matemática encontrará al denominador común. La manipulación y la mentira pueden estar ahora mismo convirtiéndose tinta y titulares en las más importantes rotativas. Un pregón puede seguir vendiendo el modo de vida americano. Y quizás parpadeé de vergüenza la Declaración Universal que estipula todo un proyecto de gloria terrenal para los seres humanos.

 

Todo puede ser posible ahora y en diciembre. Lo que jamás sucederá es que Cuba haya dejado sin amparo a un ciudadano aún con todos esos millones que pudo revertir a favor de un socialismo más espléndido y saludable. Porque hasta esos disidentes tan quejosos y prometedores, dueños al parecer de la varita mágica que les resolverá el problema a todos los cubanos, hoy enemigos confesos en la Isla y fuera de ella, tienen derecho a todos los derechos. Hasta el de escribir cualquier página amarilla como el estiércol mismo.