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(Foto tomada de Elpais.com)

 

·         ¿Puede alguien dudar ya de la monstruosidad de los golpistas y el ejército vendido al servilismo imperialista del dictador Micheletti?

 

·         ¿Hasta cuándo la humanidad y los pueblos tienen que contemplar con tanta impotencia las tonadas de muerte que imponen los fascistas, conociendo todos que violan todas las normas y todos los preceptos, los estatutos y disposiciones de organismos internacionales?

 

·         ¿Tienen que morir  niños, jóvenes inocentes, hombres nobles, familias enteras, personas útiles a su nación y a la vida por la codicia de seres ambiciosos, innobles, prostituidos en los cánones de sus clases sociales y códigos de poder?

 

·         ¿Quién le ha dado derecho, influencias y potestad a grupúsculos de supuesta élite para que cambien la historia de su país de un amanecer a otro y lo bañen de sangre, y obliguen a su sociedad a romper el ritmo natural de sus vidas, sus hábitos, sus costumbres, su derecho a ser y estar donde nacieron, donde trabajan, donde aportaron hasta ese momento?

 

·         ¿Por qué hay que aceptar que la guerra sea la única respuesta posible a los fascistas, a los terroristas, a los dictadores?

 

·         ¿Hasta dónde y hasta cuándo hay que contemplar – porque de algún modo se contempla- que se tiren bombas, gases letales, tiros, granadas y todo aquello que sirva para destruir y matar a los que abogan por la justicia, los derechos civiles y constitucionales y promuevan cambios para el bien de todos o la mayoría?

 

·         ¿En qué legajo internacional y con qué recurso tipográfico habrá que escribir para que los imperialistas y sus lacayos aprendan a respetar la legitimidad en territorio extranjero de los cuerpos consulares y sus embajadas?

 

·         ¿Qué hay que hacer para que esta civilización respete plenamente la paz y la autonomía de las naciones, la voluntad de las grandes masas sociales, la libertad de elección, las decisiones de cambios de los más, las leyes electorales y todo cuanto se promueva en un país a favor de su desarrollo, el bienestar de sus ciudadanos, la igualdad de oportunidades, la armonía civil y cuanto se entienda en materia de democracia, independencia y libertad?

 

 

Por Graciela Guerrero Garay

 

LAS TUNAS, CUBA (24 de septiembre) -  Estas ingenuas preguntas me dan vuelta en la cabeza. Ahora mismo pueden estar atropellando en Honduras a un chico como mi hijo, de apenas 21 años. O traumatizando para siempre a una niña de tres años como mi nieta Sheila. O arrebatándole a una mujer su compañero de vida, el sostén de la familia, el padre de sus hijos.

 

El sádico Roberto Micheletti está borrando con sangre la memoria de Honduras. Esas páginas que hasta hace tres meses escribían con sudor y esperanza miles y miles de hondureños. Ese señor anda suelto, quiere gobernar a cualquier precio. Con el cinismo más cínico, a lo hitleriano, ha dicho ante las cámaras de la televisión al mundo entero que “es amigo de los guingos”. El resto de la frase ni la oí. Ya estoy harta de escuchar tanta bajeza. Son casi tres meses acunando la impotencia. Y él ahí.

 

No encuentro palabras para reconocer la heroicidad de ese pueblo hermano y la fidelidad a un derecho que tienen por propio. Levantar una nación de todos, no de unos pocos. Lo decidieron en el marco de la ley. No compraron al ejército ni agredieron embajada alguna. Fueron como son, seres humanos que buscan otros horizontes donde haya un pedacito de espacio para todos.

 

De Honduras se ha escrito tanto desde el 28 de junio – día fatal en la historia latinoamericana de este siglo brutal – que se hace difícil evadir la retórica. Micheletti sigue creyéndose el ombligo del mundo. Se ha hecho gárgara con todo. De la solidaridad internacional, de la resistencia pacífica y dignísima del pueblo, de las reuniones de los que deben y son respetables organismos y organizaciones internacionales, creadas para eso, para evitar que existan Michelettis.

 

No ha faltado la denuncia. La valentía de los líderes naturales de Honduras. La unidad de los países hermanos – y hasta los que no – para abogar que termine esta farsa golpista, desnaturalizada, ilegal, fascista, dictatorial. La prensa ha estado como nunca defendiendo la causa del pueblo, denunciando. Aún cuando atropellan reporteros, cierran emisoras, expulsan a medios debidamente acreditados. El gobierno títere no se ha cansado de sembrar el terror y poner la violencia de bandera.

 

¿Qué confianza puede tener un ciudadano común a un ejército que mata y mutila su propia clase, sus hermanos de raza y nación, su familia? ¿Quién no sabe ya lo que dará a este pueblo americano un gorila como este? Pero sigue ahí, con sus cachetes regordetes, sin sombra de ojeras, jactándose de que es amigo de los guingos y que los guingos hay que quererlos porque ayudan a Honduras. ¡ASCO!, da asco.

 

No quisiera tener tantas preguntas ingenuas en mi cabeza. Excúsenme. Pero ahora mismo me viene a la pupila la imagen de Manuel Zelaya. Su incondicional respaldo a un entendimiento con paz, sin violencia ni sangre para su aguerrido pueblo. Su denuncia constante. Su presencia moral y ética entre las interminables cadenas humanas que han formado desde junio los hondureños a lo largo y ancho del país, abogando su regreso y reclamando el respeto a la constitucionalidad de la nación.

 

Lo  veo humilde, de masas, a pesar de su personalidad y elegancia, asumiendo todos los riesgos de muerte y cuidando a la vez la vida para cumplir la misión y el compromiso que tiene con Honduras y con su gente. Con América, con el mejoramiento humano, con la independencia de su tierra, con los principios que lo han hecho popular, querido, respetado y respaldado por la mayoría.

 

Pero la jaula del gorila no aparece. Ese ejército hondureño – al parecer disfrazado de caperucita todo este tiempo previo. O quien sabe si le dieron a beber de la fuente de la eterna facistancia – ha perdido la condición de llamarse ejército   y sigue representando la fuerza del orden y la justicia, en un país que ellos mismos han llevado al apocalipsis y al desorden.

 

Me excuso de nuevo por mis ingenuas preguntas sin respuestas coherentes, civilizadas. Pero, señores míos (aquí debería poner la mala palabra que se merece esto), ¿tendrá que armarse otra guerra en América Latina, involucrar a Brasil, llenar  con más muertes la historia de este siglo de hambre, enfermedades, cambio climático, escases de agua, extinción de importantes especies biológicas, crisis económica, negocios hasta con la salud humana y todo lo horroroso que lo marca para mal?

 

¿Tendrá que seguir el terror del terror ante los ojos de todos para que Honduras y los hondureños salven su auténtico Presidente, su paz, su democracia, su Constitución, sus derechos civiles, sociales, nacionales, internacionales y universales que les pertenecen y decidieron conquistar y conquistaron?

 

Si los guingos son tan buenos y quieren ayudar a Honduras acaben de meter en la jaula al gorila MICHELETTI. El mundo y los verdaderos hondureños lo estamos exigiendo. Es hora ya que se cumpla la sentencia y se respete para siempre la justicia. Esta nación no puede ser la antesala del infierno imperialista. No lo permitiremos.