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Por Graciela Guerrero Garay

América está con el corazón abierto. Pide a gritos que la llevemos al punto de partida, a la virginidad de la virtud, a la igualdad de sus hombres, a la génesis  de su encantadora naturaleza.

 

No es una cuestión de política. Creo más bien es una deuda que nos debemos a nosotros mismos.  Duele mucho tanta miseria, tanta guerra, tantas familias mutiladas, tanta división absurda, tanta confusión estéril, tantos niños sin pasado, ni presente,  y mucho menos, con futuro.

 

Al terrorismo le cabe ya cuanta palabra sucia está dicha y por decir en todos los idiomas y todos los dialectos. NO hay paz, aunque se viva en paz. Cada minuto, se juega con la vida de los pueblos y el humilde, el aparentemente desclasado, lleva la cruz al cementerio.

 

Es difícil vivir en la utopía. Muy difícil, cuando se sabe de algún modo el poder de dioses que creen tener los que dividieron el diccionario en yo soy rico, tú eres pobre.  Pero tampoco es decente negar la esperanza y los sueños. 

 

Cuando leo las noticias, me asusto de mi misma. ¿Cómo todavía nos llamamos seres racionales, hablamos de sentimientos y decimos que tenemos alma? ¿Cómo es posible que suceda esto y en ese mismo instante que nos vanagloriamos de tener alguna diferencia con el mono, el lobo y el tigre, un cable anuncie de manera radical y fría que este 23 de agosto, Día Mundial de la Alimentación, pese a los programas en marcha, la falta de comida afecta a 52,4 millones de personas en América Latina?

 

Y ahora mismo, cuando la noche es apenas un asomo de crepúsculo en esta Isla del Caribe, y en otras latitudes el almanaque ya viró su hoja de domingo, están muriendo – o ya murieron, quién sabe -  24 mil personas por hambre en todo el mundo. Cada año la cifra llega a los 35 millones, según datos de la ONU.

 

Por otro lado, ¿quién se está comiendo esos números que, con triste y célebre credibilidad, anuncia la FAO (Fondo para la Agricultura y la Alimentación)?: la producción de alimentos anuales alcanza para alimentar a 12.000 millones de personas, el doble de las que vivimos hoy en nuestro querido planeta.

Creo que muy pocos ignoren la respuesta. Es evidente. Hay muchas manzanas podridas para desconocerla. No han cambiado de lugar, si de disfraces. Este domingo que se va de agosto, el penúltimo, se ensañan en Honduras. Pero no quitan sus ojos del África y clavan las uñas en Colombia.

¡Y cómo han confundido a generaciones de generaciones! Esos sí lavan los cerebros con propaganda subliminal, con campañas mediáticas, con productos subversivos. Esos sí decretan como malo a quien no acepte  que la única política válida y viable es la que defiende sus intereses clasistas o sus ínfulas de reyes. O sus manías de grandeza. O su gula. O sus ambiciones. O su macabro sentido de posesión, división, libertad, autonomía, derechos humanos, independencia y sentido de vida.

¡Maravillas de políticos, estos!,  que dan loas a las extravagancias de la muerte, el saqueo, la burla, el despojo, el descrédito y la marginidad de las grandes multitudes.  América ya aguantó demasiados payasos de este tipo. La casualidad no existe. Hay mucha causa junta, fuerte, preñada de rebeldía, llanto y héroes, para que el azar esté moviendo esperanzas y montañas.

 

No es un slogan el que leo ahora mismo también: Hondura somos todos. No creo se trate de política, amén de los tensores. Es humanidad. América debe volver a América. Hay que darle brazos laboriosos, no ombligos regordetes ni bocas de sapo. ¿No ha pensado usted en que mientras mueran más de hambre, más mueren las ideas, los hijos verdaderos, los que puedan gritar sin miedos ni lujos…AMÉRICA?

 

¿Hasta cuándo hablaremos del hambre con hambre? ¿Cuántos millones más tendrán que morir para que este cromosoma de la guerra silenciosa y fría mute, aunque sea una vez, para llenar los platos sobre la mesa de los pobres?