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Un domingo que acaba feliz

Por Graciela Guerrero Garay    Foto: Tahimí Jorge Estrada

Los domingos en Cuba y en este terruño Balcón Oriental, Las Tunas, tienen el encanto de esas lagunas claras y apacibles, donde algún animal acuático, como las blancas garzas y los patos silvestres, les revoletea para hacer ondas cristalinas en sus quietas aguas.

Muchos, la gran mayoría, prevalecen en casa apurando las limpiezas domésticas que la semana de trabajo posterga. Otros, van a la iglesia apenas asoma el sol. Y así, cada quien decide hacer del día su prioridad vital: visitar a los abuelos, ir a las matinés, al teatro, a un cumpleaños, a los parques, a los restaurantes, al cementerio…

En fin, una vida normal, tranquila, armoniosa y privativa de cada persona o núcleo familiar. Sin embargo, cuando alguna fecha marca con realce la gran lista de efemérides o acontecimientos populares, enseguida se nota la diferencia. La gran mayoría responde a la convocatoria de las instituciones y organismos del Estado. Asisten, casi siempre, en grupos afines.

El Día Internacional de la Infancia no es, por así decirlo, una convocatoria masiva. La gran fiesta de los niños y niñas cubanos acontece el tercer domingo de Julio, El Día de los Niños en la Isla, que ya es fuerte tradición y acontece a lo largo y ancho de los 169 municipios del país, todo un programa organizado por la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y la Organización de Pioneros José Martí (OPJM) para el divertimento instructivo – recreativo de los más noveles habitantes de esta nación, bañada por las aguas del Caribe y dueña eterna de sus rayos de sol.

Y es que resulta, sin apologéticos términos ni retórica populista, que aquí todos los días del mundo son Días de la Infancia. Los niños con edad escolar van a sus escuelas, unos solos, otros acompañados de sus padres. Los pequeñines van a los Círculos Infantiles (guarderías estatales), otros a las señoras que los cuidan de manera particular, los que no tienen estas opciones, quedan en casa y todos, absolutamente todos (léase rubios, trigueños, negros, indios, mestizos, albinos, mulatos, congos y carabalí) juegan sin miedos a la muerte, la desaparición, los secuestros, los asaltos.

Los juguetes no importan, solo cuentan esa alegría fantasiosa que distingue a esta única etapa de la vida. Pueden ser caros, baratos, plásticos, de palo, de trapo, artesanales, inventados por el ingenio paterno o el “mago” del barrio…lo que sí es divino y aleccionador es verlos a todos juntos saltando, corriendo, chillando, cantando, traviesos y felices. Esto sucede los 365 días del año, en las mañanas, las tardes, las noches…

Y hay que ver como todos disfrutamos de esos aires hermosos de libertad. Hasta los transeúntes ajenos, foráneos, que se cruzan con ellos en las aceras, le saludan, los cuidan, les advierten el peligro si viene al caso…Y si, por esas tristes eventualidades existencialistas, sucede alguna desgracia, allí, en el hospital, el policlínico, el consultorio médico, todos lloramos, cooperamos, auxiliamos y apoyamos a la familia en desgracia como si fuera nuestra.

Por todo esto este domingo previo al Día Internacional de la Infancia acaba feliz. Muchos infantes disfrutaron de los juegos barriales, otros fueron a los parques recreativos, vieron películas, jugaron y disfrutaron la televisión, con sus tandas de muñequitos infantiles. Les llegó su cuota racionada de leche, pero estable bajo cualquier circunstancia, su bolita de pan y se alimentaron en correspondencia con esas comiditas “ricas” que también reservan los cubanos para los domingos.

¿Se puede pedir más? Paz, amor, alegría, salud, cariño, protección, canto, risa, juegos y, sobre todo, esa felicidad interminable que retoza, contagia y descontamina los agravios existencialistas que vive en los niños cubanos…No hay palabras justas para bendecir a una nación donde todos los días de este mundo uno siente y disfruta, se enorgullece, de que pueden ser el Día Internacional de la Infancia.