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Por Graciela Guerrero Garay

El ruido daña la salud, es una afirmación que  casi sabemos de memoria. No es un tema nuevo, como tampoco lo es la innumerable cantidad de veces que se ha llamado, por diferentes vías incluidas la prensa, a respetar el derecho al silencio ajeno.

Si usted grita, vocifera, suena un claxon, anda con el bicitaxis como un traganíquel, pone su música para todo el vecindario y se le sale la “veta de micrófono” ante la primera parranda debe tener conciencia de que está violando la tranquilidad ciudadana, perjudicando a terceros y demostrando de que en asuntos de comportamiento  se lleva las peores puntuaciones.

Nuestro país es de los pocos – sino el único- que no multa ni lleva a los estrados judiciales estas conductas públicas, al menos que acaben en actos de alta violencia o este cerca de los hechos algún facultado al respecto.  Lo común es que no suceda nunca nada para imponer el orden y sí que cada día, como hormigas agrupándose en colonias, se sumen más los generadores de ruido público.

Para muchos, estos asuntos parecen secundarios. El colmo es que ya, en ciertos auditorios, se defienden como parte de la idiosincrasia del cubano. “Alegres y bullangueros” son los calificativos que le imputan, hasta con benevolencia y beneplácito. Pero no solo la calle es reflejo de lo mal acostumbrados y maleducados  que somos. En los hospitales los horarios de visitas resultan tortuosos.

Lléguese a la funeraria. Es penoso como se escuchan las risas y las anécdotas, porque siempre hay un chistoso entre los que asisten al velatorio.  Sin exagerar, le hemos llevado la rosca al pomo cuando más instruida y profesional es nuestra sociedad. Hablamos tan alto que, detrás de una puerta, usted no sabe distinguir si se discute o se conversa.

Cuando se habla de mejoramiento humano, rescate de valores, respeto ciudadano, masificación de la cultura, ética y conducta civil entra al ruedo esta arista de proyección social. Y hay horarios en que el ultraje al silencio es peor. Ya no se pueden citar noches apacibles, es como si toda la energía excedente de los trajines diurnos debiera consumirse mientras las personas duermen. ¡Es tan difícil conciliar el sueño con tanta bulla loca y sostenida!

Los cubanos queremos sentir en la piel el desarrollo y la civilización. En códigos de “pueblo” se traduce en apertura al turismo, acceso masivo a lugares recreativos de alta categoría, viajar, modernizar, urbanizar y equipar con lo máximo en tecnología hasta la limpieza de las calles. Pero para eso, como dijo Raúl, hay que trabajar muy duro, durísimo, lo que no hacemos hoy. Y, también, hay que prepararse como sociedad.

Civilizarnos, primero. Pedir, después. Ganar con excelencia, lo que creemos merecer. Pulir nuestra identidad, aquilatar que el decoro de Cuba no lo dan mil hoteles Cinco Estrellas. Las estrellas las llevamos en la frente cada quien. Y esa sumatoria es la que nos hará dignos ante el mundo y un foráneo cada vez más observador y analítico.

Pero, incluso, es más benefactor y altruista – yo diría elementalmente digno – salvar esta imagen propia por nosotros mismos, no para espejos ajenos. Esa es la conciencia que vale defender, la autoestima que hay que levantar y la herencia que debemos dejar.  Lo demás es carta servida para las apariencias. Y en planos humanos, es indeseable por ficticia y vanidosa.