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 (La foto fue tomada en la última Jornada Cucalambeana, efectuada en el motel El Cornito, en Las Tunas, donde viviera y quedan las ruinas de la casa del mayor poeta bucólico cubano, Juan Cristobal Nápoles Fajardo, El Cucalambé)

 

Por Graciela Guerrero Garay

Aseguran los investigadores más avezados que la espínela llegó a Cuba con los primeros colonizadores españoles. Sin embargo, en los siglos XVI y XVII no obtuvo aquí el “boom” alcanzado en países como Méjico y Perú, donde la creación temprana de universidades, casas de comedia y otras instituciones condicionaron el desarrollo del arte y la literatura.

La Isla, para España, carecía de interés económico que posibilitara abrir el camino a la cultura, incluso, las instituciones religiosas no fueron tan dogmáticas a pesar de ser las principales guardianas propagadoras de la cultura oficial. Todo ello influye en esa palidez de la décima en estas dos primeras centurias de la dominación.  No es hasta El Príncipe Jardinero o fingido Cloridano, de Santiago Pita (1693-1775), que se siente la presencia de la espínela en nuestra literatura.

Su desarrollo es notable a partir de la segunda mitad del siglo XVIII y hay pruebas testimoniales de su creación por cultores de las más disímiles profesiones, algunos de los cuales dejaron obras de relativa calidad.

En su imprescindible antología de la poesía cubana José Lezama Lima incluye, entre otros, los nombres de: Juan Miguel Castro Palomino, médico; José Rodríguez Ucrés (Padre Capacho), poeta satírico que nos legó, entre otras, las décimas que relatan el “Viaje que hizo de la Habana a Veracruz. También cita a la Marquesa Justiz de Santa Ana, con sus decasílabos que narran la toma de la Habana por los ingleses.

El destierro y la prisión  del Obispo Morell de Santa Cruz fueron descritos en décima por  Diego Campos, y así muchos otros que utilizaron la espínela para dejar constancia de la historia del momento, sus acontecimientos memorables o simplemente las emociones que le provocaban los sucesos cotidianos.

Mas, para el inmortal Lezama Lima, Manuel de Zequeira y Arango fue  “el primer poeta cubano en el tiempo, por su calidad y vocación, por el conocimiento estudioso de instrumento poético”. Y a él agradecemos las décimas que inauguraron en la versificación popular, el  modo de hacer que es hoy nuestra tradición decimista, es decir, la llamada poesía del disparate, que ha prevalecido como marca de humor y sagacidad y que tantos adeptos tiene en el arraigo pueblerino.

De esta literatura popular podemos mencionar a Samuel Feijoo, y poetas contemporáneos como Chanito Isidrón y Rigoberto Rizo, al tiempo que numerosos cantantes la han incluido en sus repertorios. Pero, definitivamente y a pesar de estos asomos, no es hasta el surgimiento del  romanticismo  que la  décima se convierte en a estrofa nacional y se arraiga hasta hoy en nuestra tradición poética

Poetas de la talla de Plácido, José Joaquín Palma, Francisco Manzano, Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), José Fornaris, y José Martí, por citar algunos, cultivan y dan realce a la espínela dentro de sus obras preferidas. Plácido, por ejemplo, no sólo la escribe sino que también la improvisa y acorta con ello la distancia entre la oralidad y la escritura, hecho que nos distingue del resto de las naciones de América.

Su máxima expresión y genuina representación entre la estrofa cantada y escrita lo constituye el poeta bucólico y Padre Mayor de la décima campesina, el tunero Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé, quien creó una poesía singular, llena de identidad y de esa búsqueda hacia lo propio, que tal parece ser concebidas para ser cantadas y no tipografiadas.

Desde entonces jamás se ha podido ignorar esa herencia oral de la espínela, su canturía popular, su melodía que recuerda el trinar del viento, los pájaros y el bosque. Es el halo que la enriquece y la inmortaliza, la que lo lleva a todos los niveles de la creación y no la divorcia de  géneros ni edades. Es en fin, su universalización.