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... Dicen que cada cual trae un ángel y, un día, se levanta con él...

Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: Alexis Peña López

Las noches en los mogotes pinareños son largas y llenas de estrellas. A veces, con mucho frío y una luna clara que retoza entre los verdes retoños de la frondosa vegetación que bordea el corazón del municipio Candelaria. Es un paisaje coquetón, pero incapaz de borrar las añoranzas del barrio, la primera lejanía prolongada y ese sentimiento de querer estar cerca de los suyos.

Maikel Ramón Milanés González no sabe aún cómo pasará su estreno de guardia, arriba de la loma. Acaban de designarlo para la misión y cierto cosquilleo le sube a la garganta. Se siente importante, responsable y no quiere pensar en las tantas horas que demorará en ver salir el sol. Toma su fusil AKM, se acomoda la gorra verde olivo y camina directo a la garita.

Todavía no recuerda cuál fue la idea que le trajo la musa. Esa primera noche de centinela fue un galopar de imágenes y frases que le devolvían su querido terruño, Las Tunas, con una nitidez sorprendente. Se preguntaba, una y otra vez, qué estarían haciendo los amigos del barrio, su mamá, su hermana. Quería atrapar en la oscuridad todo lo que le espantara la soledad y el silencio, herido de cuando en cuando por los alaridos de los perros, el mal augurio de la lechuza y la sinfonía persistente de los grillos.  

“Cuando bajé al otro día, ya había decidido buscar algo que me entretuviera pues no podía dormirme. Creo que fue ahí que descubrí que podía ser artesano”. Ahora no sabe decir con exactitud cuantas jornadas después tuvo que volver a hacer guardia, pero no olvida que llevó consigo un pedazo de cristal acrílico y una segueta. Un corazón transparente fue su primera obra. Alguna musa de amor se le había colocado entre los dedos.

UN CHICO DE BARRIO

Tal vez la maravilla de este muchacho de 22 años sea genética. Nunca en su vida de estudiante recibió enseñanza alguna que le llevara a la exquisitez y expresividad de sus obras. Es un orfebre totalmente empírico y poco tiene que ver la locuacidad de sus pinturas con la parquedad de sus palabras. Maikel, puede decirse, es un joven tímido, introvertido y hasta con esa marca de modestia aguda que le pone muros a las aspiraciones humanas.

No fue un chico de pandillas, pero creció haciendo travesuras y sin muchos deseos de estudiar. Con unas notas más o menos pegadas al límite, acabó el noveno grado y matriculó Técnico Medio en Transporte Automotor. Pero apostó por ser fiel a las cosas buenas que lleva por dentro. Hoy es difícil que no esté en primera línea cuando de limpiar el CDR 3, de la Circunscripción 123 de Las Tunas, se trata o ayudar en cualquier menester a los vecinos. No es de extrañar, por eso, que su nombre pueda escucharse desde los bajos del edificio 39, en la avenida Primero de Enero, a cualquier hora del día. Su voluntariedad y responsabilidad le han traído de vuelta el cariño de la gente.

UN PRESENTE DE MAÑANA

No ha encontrado el camino para dedicarse profesionalmente al arte. Quizás un ojo con buen ángel le busque un día y le rescate desde el silencio creativo de su cuarto. Vale la pena. Mientras, él se conforma con darle trazos a cualquier hoja de papel y acumular muchos dibujos que muestran una multifacética temática paisajista y que ubica al hombre como centro de cualquier mensaje divino o terrenal.

O lo ves, serio y pensativo, con un pedazo de madera natural, un caracol, una piedra o un metal bruto. Enseguida sabes que algo pasará después y el asombro y la buenaventura de los curiosos se convierten en el pan del alma.

Así es Maikel. Laborioso y cumplidor en su función de Rotulista en una Unidad Militar de Las Tunas, donde también ha ganado el respeto de sus compañeros y la militancia de la UJC.

¿Sueños? Ser artista.  Una pasión que solo necesita de una mano que le diga vamos a andar y, quizás, uno que otro leve toque de luz a su ya admirada y versátil obra artesanal y plástica.

LA CUNA DEL MILAGRO

El Servicio Militar Activo fue el placebo que le puso alas al milagro. Su más bella experiencia porque se reencontró en esas inmensas soledades del alma, que para Maikel estuvieron matizadas de los encantos naturales del occidente cubano, allá entre los mogotes de Candelaria donde habita el zunzún, vuela la reina de las mariposas y muchos, como él, pueden descubrir, de un golpe, que el barrio tiene sus raíces pero ellos, por sí mismos, el derecho a labrarse una vida más suya que la que le proponen viejas experiencias.