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Las Semillas de Albaricoque

Cuando en el propio cuerpo del paciente se ha dibujado el mapa de su mal con la localización del núcleo central del tumor comienza la siguiente fase del tratamiento. A partir de ese momento se comienzan a aplicar diariamente las dos sustancias señaladas anteriormente en la zona del núcleo. La primera de ellas elaborada a partir de semillas ricas en vitamina B17 como las de los albaricoques, melocotones, manzanas y uvas así como en las almendras amargas y ciertos frutos del Amazonas. Y la segunda, a partir de plantas coreanas.

"Ambas producen la muerte de las raíces del tejido canceroso -afirma Han- que poco a poco es expulsado del organismo en forma de pus. Luego, una vez expulsadas las células cancerosas destruidas, las heridas se cierran solas al igual que ocurre con cualquier absceso. Debo agregar que ambas sustancias destruyen exclusivamente las células cancerosas sin dañar en ningún caso las sanas. Y además se trata de un tratamiento que carece de efectos secundarios".

Llegados a este punto es importante recordar que los abscesos se forman generalmente en nuestro organismo por la acción de los neutrófilos (un determinado tipo de glóbulo blanco) estando delimitados por unas cápsulas que los aíslan formadas por tejidos, colágeno, vasos sanguíneos... y neutrófilos. Absceso que desaparece cuando el pus es expulsado al exterior, momento en el cual evoluciona hacia la cicatrización, tal y como sostiene Han y puede verse en las fotos.

Y, por cierto, esto nos recuerda que según un estudio dirigido por el investigador español Antonio Bru del que informamos en Discovery DSALUD en el número anterior los neutrófilos pueden ser clave en la lucha contra el cáncer al ser capaces -según afirma el investigador español- de impedir el crecimiento tumoral al aumentar significativamente su número mediante el adecuado estímulo del sistema inmune.

 Así se constató al menos en ratones en un trabajo realizado por el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de España en colaboración con el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Hablaremos de ello en profundidad el próximo mes.

La verdad es que resulta impresionante contemplar cómo el tejido canceroso tratado con el método de Han Dong presenta toda la apariencia de una gran infección -eso sí, sin que se produzcan los síntomas físicos limitativos de la misma- hasta que de repente, a través de un poro o de un absceso -de tamaño variable- comienza a expulsarse pus y, a veces, hasta los restos sólidos del propio tumor. Nadie mejor que quienes han vivido la experiencia del tratamiento para recordarlo.

Comenzaron a aplicarme el producto en el tumor -afirma Lourdes-, es decir, en la lengua, y además tomaba unas pastillas. A la semana noté ya una mejoría notable y comencé a comer y a hablar mucho mejor. El tratamiento era diario. Luego, al mes y medio más o menos, se empezaron a poner negros algunos trozos de lengua que luego se caían. Eso, para Han, quería decir que el tumor se estaba muriendo. Y así fue, como se puede comprobar. Empecé el tratamiento en noviembre de 1993 y en febrero de 1994 me hicieron un escáner cuyo resultado dice: 'Exploración que no muestra en el momento actual restos tumorales y/o adenopatías metastásicas'".

Puede parecer mentira, a la vista de las fotos, que el proceso no vaya acompañado de altas fiebres pero así es. "Por supuesto, era incómodo y un poco doloroso -recuerda Esperanza-. Dong provocó una úlcera artificial por donde empezó a salir toda la materia mala y pus. Transcurridos dos meses justos desde el inicio del tratamiento salió todo el núcleo del tumor dejando un gran agujero. Y ese agujero, lo mismo que se abrió solo, se cerró solo".

Después sólo queda seguir tratando los efectos secundarios producidos por el cáncer -o por los tratamientos convencionales- con las técnicas milenarias de la tradición oriental, desde la Acupuntura a la Fitoterapia. "Son numerosos los pacientes sometidos a tratamientos de quimio o radioterapia -nos diría Han- que han acudido a mi para que les evitara los conocidos efectos secundarios. Y he aceptado siempre esas peticiones por lo que he podido constatar muchas veces el éxito de mi tratamiento. De hecho, prácticamente ninguno de los pacientes tratados presentaron los temibles efectos secundarios de los tratamientos convencionales".

Las evidencias clínicas son incontestables. Por eso Han Dong escribió comunicando el éxito de su terapia en casos de cáncer a la Casa Real, al Presidente del Gobierno, al Ministerio de Sanidad y al director del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, Mariano Barbacid, tratando de buscar las ayudas necesarias para conseguir la validación científica de su tratamiento. Como respuesta tuvo sólo un encuentro con un responsable del Ministerio de Sanidad al que los testimonios de los pacientes no debieron impresionarle lo suficiente como para hacer algo.

Eso y una carta de Barbacid en la que éste le dice que será posible la colaboración con el Programa de Terapias Experimentales "siempre que ustedes nos proporcionen una documentación basada en publicaciones científicas de relevancia internacional". Una forma "elegante" de decir NO o de no enterarse que precisamente eso es lo que pedía Han: la posibilidad de, a la vista de los resultados conseguidos con pacientes desesperados, avanzar en la investigación científica.

En suma, Han tiene la evidencia clínica pero no la "documentación científica" que avale lo que hace. En cambio, nuestro "ultramoderno" centro de investigación tiene una abundantísima documentación científica... que no ha servido para curar un solo caso de cáncer.

La experiencia esta ahí. Los pacientes también. Por tanto, argüir que el tratamiento carece de "base científica" porque no hay ensayos protocolizados es una falacia: no los hay porque quienes los pueden realizar no quieren afrontarlos. Esa es la dura verdad.


LA POLÉMICA VITAMINA B -17

Pero continuemos... Una vez localizado el núcleo del tumor mediante calor, Han Dong aplica la sustancia elaborada con semillas ricas en vitamina B - 17 -también se la conoce como amigdalina y como laetril -, sustancia químicamente compuesta por dos moléculas de azúcar, una de benzaldehido y otra de cianuro que, de forma natural, se encuentra en las semillas de los albaricoques, los melocotones, las uvas, las cerezas y las manzanas así como en las almendras amargas, en las hojas del laurel cerezo y en las pepitas de otros frutos tropicales (se encuentra asimismo, en mayor o menor proporción, en más de 1.200 plantas).

Ya en la década de los 20 del pasado siglo XX los investigadores Robert McCarrison y John Dark comprobaron que había una población donde el cáncer era desconocido, los hunza, que vivían en la falda de una colina de la localidad paquistaní de Kashmir cercana al Himalaya. Su población contaba además con un alto promedio de personas mayores de 100 años. Así que decidieron examinar sus costumbres y descubrieron que la ingesta de semillas de albaricoque era algo común entre ellos y que además cocinaban con el aceite de esas semillas. Luego constatarían que muchas otras frutas de las que consumían eran ricas en lo que hoy conocemos como vitamina B - 17.

Estudios posteriores publicados por el especialista británico Richard MacKarness reforzaron la importancia de la vitamina B - 17. MacKarness había decidido investigar si, como algunos científicos mantenían, la ingesta de carne era realmente tan poco saludable en todos los casos. Y para ello estudió las costumbres alimenticias tradicionales de los esquimales y de los indios de Norteamérica ya que en sus ambientes naturales ambos grupos son principalmente carnívoros, alimentándose de animales salvajes -como el alce y el caribú- si bien complementan su alimentación con bayas salvajes o pescado cuando están disponibles.

Pues bien, la conclusión principal expuesta por MacKarness en su libro "Comen grasa y crecen delgados" es que en esos pueblos no existe la obesidad. Y lo más importante: ni los esquimales ni los indios que viven en sus ambientes naturales y comen sus comidas tradicionales han tenido nunca cáncer o padecido enfermedades del corazón. Exactamente igual que los hunza del Himalaya. A pesar de que los esquimales y los indios norteamericanos son carnívoros en lugar de vegetarianos. ¿Y cuál era el factor común más probable? Pues precisamente la vitamina B - 17. Resulta que el caribú, por ejemplo, contiene 15.000 mg. por kilo de nitriloside, fuente primaria de B - 17. Y otras comidas comunes a todos esos pueblos contienen también grandes cantidades de la misma vitamina.

Esa es la razón de que comenzara a utilizarse como anticancerígeno en la década de los 50. De hecho, más de 70.000 personas fueron tratadas con esa vitamina en Estados Unidos en la década de los 70, tanto en monoterapia como en combinación con un programa de la llamada Terapia Metabólica que no es sino una dieta especial que se complementa con altas dosis de vitaminas y enzimas pancreáticas.

Su fama aumentaría luego notablemente al ser respaldada su eficacia por numerosos estudios científicos. Hasta que, de improviso, comenzaron a aparecer otros estudios -duramente criticados por su falta de rigor- que desvirtuaron todas sus posibilidades terapéuticas y, paralelamente, empezaron a circular historias sobre "muertes por envenenamiento". Algo que llevaría a intervenir a la FDA argumentando que como "no había pruebas concluyentes" sobre sus posibilidades y, sin embargo, había dudas razonables sobre su seguridad se prohibía su aplicación como tratamiento médico. ¿La excusa? Que el contenido de cianuro de las semillas podía ser la que confiriera a la sustancia su presunto carácter tóxico.

Obviamente, fueron muchos los investigadores que denunciaron inmediatamente que detrás de esa prohibición sólo se ocultaba -una vez más- la defensa de los intereses de las multinacionales ya que se trata de un producto anticancerígeno no patentable al proceder de semillas naturales. Y apareció también la intimidación. Uno de los casos más conocidos fue la persecución llevada a cabo en California contra el doctor John A. Richardson, que él mismo recogería en su libro "Laetrile Case Histories: The Richardson Cancer Clinic Experience" (Bantam Books 1977).

Resulta que Richardson había usado por primera vez la vitamina B - 17 con la hermana de una de sus enfermeras que padecía un melanoma maligno avanzado en el brazo y a la que habían dado 6 semanas de vida (algo más si se decidía por la amputación). "Le administramos amigdalina (vitamina B- 17) casi inmediatamente -escribe Richardson- y las lesiones empezaron a sanar. Al punto de que a los 2 meses el brazo había vuelto a la normalidad". Como era de esperar, su pequeña clínica se convirtió en el lugar más concurrido del barrio... hasta el 2 de junio de 1972.

Porque ese día, según puede leerse en el libro, "¡Diez agentes uniformados con armas irrumpieron en la clínica, empujaron al doctor contra la pared y comenzaron a registrar todo! Después, las 'cámaras de televisión invitadas' pasaron y 2 enfermeras fueron detenidas. La niña pequeña que estaba tratándose en aquel momento tuvo que ser enviada a casa y murió 3 días después. Queda la duda en mi mente de si esa muerte podría haberse pospuesto o incluso haberse evitado si no hubiera sido por el registro."

¿Le suena este tipo de actuación, amigo lector?

También usaron la mentira. Según escribió en Acres Magazine (1978) el doctor Harold Manner, tras una conferencia suya en el estado de Nueva York sobre la eficacia del Laetrile -nombre de un fármaco registrado que contenía laetril- un hombre se puso de pie y le dijo: "Dr. Manner, ¿cómo puede usted hacer afirmaciones como esas cuando la FDA está diciendo lo contrario?".

 Manner recuerda en el artículo que le contestó que las afirmaciones de la FDA eran mentira, a lo que su interlocutor replicó haciendo referencia a la foto de una pequeña: "Mire a esta muchacha -dijo-. Tomó las pastillas de Laetrile de su padre y murió envenenada por el cianuro".

Cuenta Manner que entonces una señora se puso de pie y le pidió permiso para contestar a la pregunta. "Dr. Manner, ¿me permite responder a mi a la pregunta? Creo que estoy capacitada para ello porque soy la madre de esa niña. Ella nunca tocó las pastillas de Laetrile de su padre. Lo que ocurrió fue que el doctor que la atendió, al saber que su padre tomaba Laetrile, escribió: 'Posible envenenamiento por cianuro'. Así que en el hospital usaron un antídoto contra el cianuro... y eso fue lo que la mató".

Sin embargo, aquella falsa atribución de la muerte de la niña al uso del Laetrile siguió apareciendo y se convirtió en una más de las leyendas negras que condujeron a su enterramiento... que no ilegalización porque el hecho de que la FDA la haya prohibido como fármaco no la convierte en ilegal en Estados Unidos. Y es que afortunadamente el apoyo a la vitamina B - 17 no desaparecería porque no toda la comunidad científica se calló ante tamaño atropello.

Dean Buró - cuya lista de menciones, honores y premios por sus trabajos bioquímicos y de investigación contra el cáncer debería hacer palidecer a quienes se limitan a leer la literatura oficial-, jefe del Departamento de Hidroquímica del Instituto Nacional del Cáncer en Estados Unidos durante más de 17 años, tras analizar detenidamente el acta sobre la vitamina B - 17 de la FDA, declararía que, atendiendo al conocimiento científico acumulado sobre ella, "debía ser científicamente considerada un nutriente, una vitamina" y no un fármaco. Añadiendo incluso que era "mejor que cualquier otra solución utilizada para el cáncer" hasta el punto de que sería lo único que él utilizaría si algún día tuviera que afrontar esa enfermedad.

También denunciaría lo ocurrido Ralph Moss, actualmente uno de los mayores defensores de las terapias alternativas contra el cáncer. Moss fue despedido en 1977 de su cargo de Jefe de Relaciones Públicas del Sloan Memorial Kettering Institute - considerado uno de los centros de referencia en la investigación contra el cáncer y cuyos estudios sirvieron para intentar enterrar el Laetrile- "por no cumplir - afirma él mismo - con la más básica responsabilidad en el trabajo: mentir cuando tu jefe te lo dice". Moss declaró sobre las investigaciones realizadas con el Laetrile: "Básicamente los resultados estaban siendo positivos pero nosotros, en público, estuvimos diciendo que eran negativos. Y así durante 3 años."

Otro de los científicos que decidió no guardar silencio fue Kanematsu Sugiura, uno de los investigadores más respetados en su época a nivel mundial hasta el punto de que el Dr. Chester Stock, director del Departamento de Investigación del Sloan Memorial Kettering Institute, llegó a escribir de él: "Posiblemente la alta consideración que su trabajo merece como mejor se resume es con un comentario que me hizo un investigador ruso sobre el cáncer. Me dijo: 'Cuando Sugiura publica, nosotros sabemos que no tenemos que repetir el estudio porque obtendríamos los mismos resultados que él'".

Pues bien, el doctor Sugiura supo estar a la altura de su prestigio. El 15 de junio de 1977 el Sloan Memorial Kettering Institute convocó una rueda de prensa - a la que acudieron más de 150 periodistas y una docena de cadenas de televisión - para dar a conocer el veredicto del centro sobre el Laetrile. Iniciado el acto, tomaría la palabra el doctor Robert Good quien, después de realizar unos comentarios generales de descalificación del Laetrile, pasaría el micrófono al doctor Chester Stock. Éste lo tomó y, sin dar la oportunidad de hablar a Sugiura, presente en la mesa, dijo ante la prensa: "No se ha encontrado en el Laetrile ningún efecto preventivo, ni capaz de retrasar el crecimiento tumoral, ni antimetastático, ni ninguna actividad curativa anticancerígena. No nos queda nada más que cerrar el libro del Laetrile". Entonces, inesperadamente, un periodista gritó: "Doctor Kanematsu, ¿sigue usted sosteniendo su creencia de que el Laetrile detiene el crecimiento del cáncer?". Y tras un silencio que les debió resultar eterno tanto a los periodistas como a los médicos parapetados tras la mesa que presidía el acto, el doctor Sugiura, con calma y mirando a los ojos del periodista, contestó: "Lo sigo sosteniendo".

Lo afirmaba el investigador sobre cáncer más preeminente de Estados Unidos y probablemente del mundo en ese momento. A partir de aquel día muchos trataron de encerrarle en el anonimato pero sus conclusiones perduran. Y éstas son:

La vitamina B – 17:

1) Inhibe el crecimiento de tumores.

2) Ha demostrado en ratones evitar las metástasis.

3) Disminuye el dolor.

4) Previene el cáncer; y,

5) Mejora la salud general.

Las mismas propiedades de las que se vienen beneficiando las personas que siguen el tratamiento de Han Dong desde hace años.

 

ACCIÓN ANTICANCERÍGENA

Cabe agregar que, según sus defensores, el efecto positivo de la vitamina B17 sobre las células tumorales puede deberse a distintas causas. En todo caso, su efectividad se achaca fundamentalmente a la acción del cianuro en la célula maligna. Y es que la vitamina B17 elimina las células cancerosas sin afectar a las sanas debido a la acción de dos enzimas: la beta-glucosidasa y la rodanasa. Según los científicos -algo que los detractores de esta vitamina niegan- la primera se encarga de liberar la molécula natural del cianuro de la vitamina en las células mientras la segunda se encarga de neutralizar su efecto tóxico convirtiéndola en thiocianato. Y así sucede en las células sanas. Sin embargo, en las células cancerosas no existe la enzima rodanasa y, en consecuencia, el cianuro la destruye al eliminar el oxígeno de su interior. Tal es la razón de que sea inocua para las células sanas y mortal para las cancerosas.

Existe en cualquier caso una segunda explicación sobre la actividad anticancerígena de esa vitamina que va más allá de su interferencia en la utilización de oxígeno por las células. Según esta teoría el cianuro aumenta el volumen ácido de los tumores lo que provoca la destrucción de las membranas de los lisosomas (compartimentos del interior de las células que contienen enzimas capaces de digerir otras moléculas y que si son liberadas son capaces de destruir la propia célula).

Destrucción de las membranas que lleva a los lisosomas afectados a liberar las enzimas que contienen y, como consecuencia, las células cancerígenas mueren. Otra forma de provocar la ruptura del lisosoma es estimular el sistema inmune.

Cabe añadir que al parecer también el benzaldehido presente en la amigdalina o vitamina B17 tiene propiedades anticancerígenas. Tanto en 1985 el doctor M. Kochi como en 1990 el doctor Tatsumura presentaron ya significativos resultados sobre las posibilidades de esta sustancia en el tratamiento antitumoral.