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Punto de partida

Por Graciela Guerrero Garay

Muchos estamos convencidos de que los niños hacen lo que ven. Y, desde este momento, le estamos dando al ejemplo el verdadero valor que tiene para el crecimiento, espiritual y social, del hombre. Sin embargo, poco cuidamos esta imagen valedera de uno mismo ante los demás y, bajo el principio del libre albedrío, hacemos nuestra sana voluntad y, al final, pedimos a otros lo que no damos.

Por aquí, a mi juicio, empieza a desmoronarse el castillo de cristal que pretendemos sea la existencia humana. Y con este “derrumbe”, familiar, en primer plano, se va también la maqueta social a la corta o a la larga.  No es un mito hablar de esa estela de hechos que vamos dejando en el camino y, que de cualquier manera posible, siembra buenas o malas actitudes y construye, de generación en generación, los modos propios de cada región.

¿Hemos roto la herencia de los abuelos? Santa pregunta que resalta cuando de valores se trata. Para algunos, ya perdidos. Para muchos, simplemente cambiados, a partir de los nuevos códigos que marcan el desarrollo y los modelos y estereotipos que se imponen, importados o no.

Lo cierto es que en materia de ejemplaridad, hay que poner cotos y revisar conductas, incluso institucionales. Por casa empieza a “armarse el muñeco”. Si los padres gritan, es lógico que los hijos imiten. Pero lo malo del caso es que no se chilla solo entre las cuatro paredes del hogar, sino que el mal vicio se va a la calle y, en este espacio, entra la escuela, el parque, los lugares públicos... Y no requiera al chico ante la presencia tutelar, pues solo este tiene la culpa.

Manchamos así el paradigma que pudiera ser cualquier mortal. Más, en una sociedad donde hay sólidos proyectos que promueven preceptos instructivos y cívicos, y llevamos casi cinco décadas conversando de educación formal. Todo influye. Los medios de comunicación, las opciones recreativas, la música, la moda, el comercio... pueden “vendernos” modelos inconclusos o mediocres pero, ¿dónde está la cuota de decisión personal que nos compete? ¿Y el derecho de elección o la determinación de ser como siento y creo?

Se puede ser mejor, aunque en la acera de enfrente la caja de Pandora, con su almacén de todo lo divino y lo corrupto, te provoque. Quien imita la vulgaridad, puede copiar la excelencia. Y una excelente persona no tiene que estar afiliada a nada que no sea a sí misma. El hombre de consciencia es bueno en su casa, en su trabajo, en sus calles y, ése, ganará, casi por decreto, toda meta o afiliación que presuponga un nivel superior de decoro y responsabilidad.

El punto de partida está en su corazón, porque la mente no es más que un reflejo de los sentimientos. Nuestra sociedad cambia, para bien, aunque muchos no entendamos, a priori, el beneficio y nos pasemos la vida sacando cuentas y si no alcanza el salario, nada es bueno. Es cierto que el dinero gana fuerza en la supervivencia y que matemáticamente no da, pero también es verdad que existe una tendencia de querer recibir mucho y trabajar poco. Este vicio viene de hace años. Tenía que salir la papa podrida, ¿cierto o falso?

Llegará el momento en que habrá que diferenciar los dividendos y validar el esfuerzo neto. Entonces el ejemplo será pauta legítima y justa. No como sucede en una lamentable e incongruente mayoría, al parecer a la defensiva de quien tire la primera piedra para, luego, hacer. Esta actitud nos ajustará cuentas un día. Y todos somos responsables. Todavía estamos a tiempo de que nuestros niños, un mañana,  no llamen a lo malo, bueno, y viceversa.