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Por LUIS FARACO ROLDAN*

Según el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz: la crisis financiera es para el capitalismo lo que fue el desplome del muro de Berlín para el comunismo. Bastaron diez días para dinamitar las ideas que los capitalistas habían encumbrado como verdades teológicas: el mercado debe comandar la economía; mucho mejor; nada de nacionalizaciones; nada de subsidios a la cultura, la educación ni la salud; toda entidad pública rentable debe privatizarse; la corrupción es patrimonio del sector público; si los ricos se enriquecen, se enriquece el país.

Ahora, con los porrazos que se han dado las empresas hipotecarias, las financieras, los bancos y finalmente todo Wall Street, asistimos a una milagrosa conversión: los profetas que se desgarraban la camisa por cualquier intromisión gubernamental en la empresa privada besan la mano del Estado para que los salve de la debacle. Y el gobierno del país más adicto al libre mercado, Estados Unidos, va a gastar casi un billón de dólares  en rescatar compañías particulares que, por codicia, ineptitud, a veces corrupción y casi siempre poca regulación, se hundieron al estallar la burbuja del ladrillo. ¿Quién está salvando a los grandes capitalistas? Los humildes ciudadanos. En promedio, a cada contribuyente gringo -niño, anciano, monja, desempleado- le costará más de 3.000 dólares la hecatombe del mercado.
Los ciudadanos son los grandes perdedores de la crisis. Pero hay otros:

El Estado neoliberal.

El sector privado- Muchas torpezas y corrupciones que se achacan al sector público -a menudo con razón- existen también al sector privado. Este puede provocar desastres tan grandes que solo los arregle el Estado. Los neoliberales siempre exigieron reformar el sector público. ¿Se negarán a aceptar también profundas reformas en el privado?
 Algunos grandes gerentes, como Richard Fuld, de Lehman Brothers, ganaban hasta 17.000 dólares por hora (suma igual a la que perciben en un mes 15 trabajadores españoles con salario medio); aún así, quebraron las compañías. En adelante, el sistema empresarial deberá comprometer el dinero de los administradores con avales o garantías. Los causantes de estos desastres no pueden retirarse tranquilamente a jugar golf y vivir de la renta.

Los yupis- La soberbia de cientos de  sabihondos, supuestamente especialistas en ordeñar capitales, es otra causa del desplome. Tuvieron más codicia que visión y tomaron decisiones funestas.

El capitalismo  acabó violando sus más esenciales principios. Solo le faltaba pedir ayuda a un régimen comunista. Y acaba de hacerlo: la financiera Morgan Stanley espera que el gobierno chino la salve con una transfusión de dinero fresco.

Confiemos en que el espectáculo de la agonía de Fannie Mae, Freddie Mac, Lehman, AIG y Merrill Lynch sirva de ejemplo a nuestros neoliberales. Señores: ¡el mercado (tal como lo conocemos) se acabó!

De todas formas, a los americanos hay que reconocerles que se han enfrentado a la realidad sin negarla y estableciendo medidas de todo tipo. Independientemente de que estemos de acuerdo o no con esas medidas.

Aquí, nuestro Gobierno lleva más de un año negando la crisis, por motivos electorales. Despilfarrando el superávit del Estado, regalando 400 Euros a los que menos necesidades tenían y mirando para otro lado, buscando a quien echarle las culpas de todo. En vez de reconocer el problema y arbitrar las medidas necesarias, aunque tengan coste electoral.

Ya verán ustedes como seremos los últimos en salir de la crisis. Esperando que la solución nos llegue de fuera o del cielo.

Nosotros no tenemos un tejido industrial como Alemania o Estados Unidos. Nosotros hemos basado la creación de empleo de los últimos años en la construcción y, precisamente, es el sector que más está sufriendo y que más va a tardar en superar la crisis. Además, un alto porcentaje de los ingresos de Ayuntamientos y Comunidades Autónomas procedían del ladrillo y, lamentablemente, en estos años de bonanza se han dedicado a despilfarrar ese dinero “fácil” con contrataciones innecesarias y con actividades de diversión, para conseguir el voto fácil e irreflexivo. Han gastado a manos llenas todo ese dinero que llegaba a raudales y además se han endeudado. Ahora con los tipos de interés más altos y con los ingresos más bajos y sin querer  reducir gastos y contratos superfluos, en pocos meses han pasado de la abundancia a la ruina. Y están hipotecando nuestro futuro e incluso el de nuestros hijos.

No sé por qué se alegran algunos del fracaso del sector privado neoliberal, cuando el sector público ha cometido los mismos errores y por causas similares. Hemos puesto la gestión de nuestras empresas públicas e instituciones en manos de ineptos e irresponsables. Se han asignado sueldos millonarios, que pagamos todos. Y ahora que nos llevan a la ruina, nadie se hace responsable de nada ni paga de su bolsillo un solo Euro. Y además pretenden seguir con los mismos privilegios y despilfarro.

Es urgente que se establezcan controles para que los gestores de las empresas privadas se responsabilicen personalmente de la mala gestión, que al final pagamos todos. Pero es igual de urgente que los responsables públicos paguen de su bolsillo y con la inhabilitación los desmanes económicos que causan impunemente y que también pagamos todos con nuestros impuestos cada vez mas asfixiantes.

Aquí, como decía el dicho popular, entre todos la mataron y ella sola se murió. Y como siempre, nosotros tenemos que pagar el entierro y limpiar la mierda.

¿Hasta cuándo?

* El autor vive en España y colabora con varios periódicos de su país