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Por Graciela Guerrero Garay

Todavía el poblado de Chaparra, en el municipio Jesús Menéndez, al norte de Las Tunas, tiene pegada la tristeza y los grises que le incrustó el hambriento huracán Ike, amén de que ya tampoco nada es igual que al día siguiente en que su ojo maligno le vomitó su geografía con vientos superiores a los 300 kilómetros por horas.

Se ha trabajado mucho desde entonces. Ha sido un septiembre lleno de llanto, alegría, decisiones, emociones, espera, incomodidad, confianza. Muchos sentimientos encontrados, entre la certeza de que todo volverá a tomar su cause aunque los colores de las fachadas de las casas no sean los mismos y haya que esperar años para que los árboles emblemáticos del pueblo puedan tener nuevamente ramas y flores, dar sombra o recordar una historia.

Lo cierto es que las imagénes serán siempre exclusivas, del dolor, el reto y el retorno. Son cientos los trabajadores que laboran por recuperar lo perdido. Es mucho lo que apoyan todos para levantar su pueblo de las ruinas. También es hermoso ver el respaldo gubernamental que, casi con magia, aplica alaternativas para multiplicar recursos, escasos y llamados a repartirse ahora no entre una o dos provincias, sino a lo largo y ancho del país. El huracán Gustav todavía tiene huellas imborrables en el occidente. Ike, como novia que persigue ansiosa a su valentín, lo imito en Oriente.

Pero, con tanto y tanto desastre, la vida sigue normal. Los niños están en la escuela, la gente en sus centros de trabajo, sale el sol y coquetea de noche la luna con el mar. Se reparte y comparte todo. La solidaridad es también otro fuerte huracán aquí en el caimán verde del Caribe, Cuba, y su Balcón Oriental, Las Tunas y su litoral norte. 

La foto ilustra el estado en que quedó La Herradura, mayoritariamente dedicada a planes de recreación popular, aunque viven también varias familias tuneras.