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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: Lloansy Díaz Guerrero

Cuando hoy, dieciséis días después de la tragedia, con las bombillas encendidas en las casas, estas fotos recuerdan el trágico amanecer de ese lunes 8 de septiembre, es casi imposible concebir el milagro de la luz.

La zona residencial conocida como Reparto Santos, paralelo a su homólogo Buena Vista, donde reside la mitad de los habitantes de la ciudad capitalina de Las Tunas, a 670 kilómetros al este de La Habana, amaneció así en la víspera del día de la Virgen de la Caridad del Cobre.

A uno y otro lado de la Avenida Camilo Cienfuegos, que empata, también al noroeste con la carretera que lleva al municipio de Puerto Padre, todo estaba en el suelo, desde el más frondoso de los árboles hasta la más débil de las plantas de jardín.

El panorama era desolador. No se podía dar crédito a que añejos y fortísimos eucaliptos, pinos, algarrobas, ceibas, palmeras, cocoteros, junto a los frutales de mango, anoncillo, tamarindo y ciruelas de los patios de las muchas familias que los cultivan y cuidan, estuvieran como torcidos o cortados por furiosos y vengativos machetes.

Pero lo más llamativo y temeroso era contemplar todo el tendido eléctrico partido, en el suelo, con esos gigantes postes de cemento cortados como con una sierra, rajando paredes, doblando techos, deshaciendo el esfuerzo y el amor de muchísimos años de trabajo, sueños, vida.

Hoy, cuando en esta Ciudad de Puertas Abiertas y Balcón del Oriente de Cuba se confirma que el 60 por ciento del sistema eléctrico está restablecido en toda la provincia, donde virtualmente quedaron deshechos los municipios de Jesús Menéndez, Puerto Padre, Manatí y Las Tunas, a los que se suma Majibacoa que también sufrió duros golpes huracanados, pensamos en los milagros.

Ese que los hombres de aquí, los tuneros, y los linieros de provincias como Guantánamo, Cienfuegos y Santi Espíritu que vinieron a ayudar en la recuperación, sin dormir, apenas comer y alejados del calor de los hogares hacen posible porque el amor es el antídoto de la adversidad, la esperanza en el desespero y la certeza en la oscuridad.

Como llegó la luz, volverán las palmas y el verde natural que hace de las tardes cubanas, con sus dorados de sol y la risa de su gente, un afrodisíaco sitio para acunar la vida y una nación que, desde cualquiera de sus puntos cardinales, palpita libertad, deseo de existir y valida el concepto de que realmente es esa tierra hermosa que piropió Cristóbal Colón, al descubrirla en 1492.