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El grano de maíz

Por Graciela Guerrero Garay

La confirmación de que la jubilación en Cuba se extenderá hasta los 65 años, para los hombres, y 60, para las mujeres, no todos la hemos recibido como debe ser. El rumor andaba por ahí hace algún tiempo y, tal vez por esos efectos negativos que trae aparejado, la falta de información y los imprescindibles argumentos, ahora su aceptación resulte más compleja y susceptible de diversos análisis y lecturas.

La Primera Sesión de la VII Legislatura del Parlamento fue objetiva al explicar las razones que sustentan los cambios de la legislación vigente y la presentación del anteproyecto de la nueva Ley de Seguridad Social. El Presidente de Cuba, Raúl Castro, pormenorizó, con frescas y precisas estadísticas, la necesidad de su aplicación. Ahora la CTC convoca a todos su afiliados a un franco debate a partir de septiembre, para finalmente someterla a aprobación en diciembre.

No “cae del cielo” ni es un cambio decidido “porque sí”. Tampoco es para beneficiar a unos ni perjudicar a otros, como reflejan algunos criterios en los sondeos que avalan la redacción de este artículo. Lo que sí encierra es un sacrificio mayor de los padres y los abuelos de hoy por los hijos y los nietos de mañana. En una palabra, es la garantía, previsora, justa y racional, de la familia cubana, nuestra, de lo que queda de siglo y los que vendrán.

No es golpe de efecto. Es una urgencia de nuestras propias vidas, de la tranquilidad futura, y no muy lejana. Y omito, ex profeso, lo que significa para la nación, el deber social, moral, ético y humano que tenemos con ella, y lo que debemos agradecerle por tener y ser lo que somos, aunque no alcance la cuota, los precios estén por encima de nuestras capacidades económicas, casi toda la red de servicios tenga un descocido, haya insuficiencias, carencias y cuanta dificultades vivimos a diario.

Y lo omito, justamente, porque no hay una familia en Cuba que no tenga algo que agradecer a esta Revolución. Y el que lo dude, busque su raíz. Muy pocos de nuestros abuelos y padres fueron ricos y poblanos, aunque hoy, lamentable y superficialmente, algunos digan que con 20 pesos antes comían carne todos los días. Puede ser, vamos a decir que fue, pero habría que preguntarse entonces, ¿cuántos profesionales había en la casa? ¿Cuántos iban a un hospital por un simple dolor de cabeza, llevaban la receta al administrador de su centro de trabajo y cobraban el salario del día?

Hay cosas y cosas, no debemos confundirnos. Y hay que saber llevar a la balanza muchos detalles y hechos esenciales. La vanidad y el acomodamiento no compiten con los auténticos valores espirituales que garantizan la mínima realización del hombre. Es egoísmo pensar que aportar unos años más de esfuerzo laboral por el país y por las generaciones que vendrán, es “explotación o salir del trabajo para el cementerio”, como me expresaron algunas de las personas a las que pedí opinión.

No hace falta dar “teque” para convencer a nadie. No es mi intención ni me compete. Solo apelo a que se profundice en los argumentos, la verdad, la objetividad y la justeza que encierra el anteproyecto de Ley de Seguridad Social. No desampara a nadie. Se aplicará de manera gradual. Se someterá a consulta popular. Surge cuando el mundo cambió, la sociedad se está perfeccionando, estamos intelectualmente más preparados, hay mejor y mayor soporte tecnológico y toda una voluntad política y estatal de satisfacer cada vez más nuestras mismas demandas.

Pero no todo puede ser por arte de magia, pura complacencia o cuando lo queramos. Ni en el orden personal esto es posible. Se han cometido errores, que oportunamente se han reconocido, se combaten y se seguirán enfrentando por parte del Estado; más, muy pocos de nosotros, podemos sentirnos ajenos a los mismos. Las más de las veces, pedimos lo que no damos.

Lo cierto es que Cuba, aunque sea difícil creerlo – quizás mirando el viandero escaso y los menudos también – ha logrado, con todas nuestras imperfecciones a cuestas, una esperanza de vida que solo algunos de los países desarrollados ostentan. La realidad es que la tasa de natalidad está muy por debajo de lo que necesitamos para un reemplazo laboral consecuente en los próximos años. La verdad contundente es que si no se trabaja no hay economía y, sin esta, cero todo.

Saber que para el 2025 existirán unos 770 mil cubanos menos en edad laboral y que se jubilarán más de los que se incorporan al trabajo, es un número para adoptar medidas rápidas si se piensa en el bienestar social y, sobre todo, en los derechos de estudio de esa niñez que necesitará un pupitre para entonces y, por consiguiente, ser mantenida para poder ocuparlo. Igualmente está ahí la garantía y la chequera de los ancianos, su calidad de vida, su atención. Y esos viejos seremos nosotros.

Raúl desnudó las cifras: podemos vivir 77, 97 años como promedio;  76 los hombres y 80,02 las mujeres; y eso significa que Cuba está entre el 25 por ciento de la población del planeta cuyos niños tienen potenciales aspiraciones de llegar a los 77 o más años de vida. ¿Hay o no inmediatez en cambiar la actual legislación? También habrá que cambiar muchas otras. Cada una en su momento, con su grado de prioridad, con su rango de alcance, con su prominencia colectiva.

Vale que reflexionemos con profundidad. Hay otra verdad contundente. La mayoría de los que se jubilan hoy buscan contratos, trabajan por cuenta propia e, incluso, entran al mundo de la ilegalidad. La razón es económica, el fruto es individual. Muy poco recibe de vuelta el país por este “extra geriátrico”.

Si cada quien hace bien lo que tiene que hacer, si dejamos de pensar “en la izquierda y el negocio” como medio de solventar las carencias domésticas, si maximizamos el nexo de pertenencia con nuestro trabajo y la sociedad, si trastrocamos el “yo por nosotros”, y no sacamos tantas cuentas con el índice para el pecho, recuperaremos el estatus económico que nos permitirá bajar los precios e incrementar los salarios.

Hay mucho paternalismo, estamos muy mal acostumbrados y el mundo, desgraciadamente, está girando contra la humanidad. Cuba sigue con proa a la esperanza. No la ajena, la nuestra. En grandes momentos hay que tomar grandes decisiones, gusten o no. El ego no puede ganarle espacio a sumatorias mayores.

Ahora mismo acabo de confirmar, por estadísticas de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) que hay 854 millones de personas que se acuestan sin comer o mueren por culpa del hambre por todo el planeta. Basta saber que en América Latina y el Caribe 36 millones que residen en el campo lo hacen bajo una extrema pobreza.

La FAO informa, asimismo, que existen 36 países que necesitan ayuda exterior para solucionar la crisis de inseguridad alimentaria. En unos 30 se reportaron disturbios sociales por causa del incremento de los precios de la comida. En Haití hubo cinco muertos y 200 heridos.

¿Es esta la realidad y el país que le debemos dejar por herencia a los hijos que vendrán? Para el 2025 mi nieta tendrá 17 años… ¿acaso me asiste el derecho de privarla, desde ya, a que ingrese al preuniversitario? ¿Alguien lo tiene para mutilarle el privilegio que yo misma disfruté? En septiembre se abrirá el debate con todos. No nos olvidemos del grano de maíz.