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Mis muchachos son muy diferentes

Por Graciela Guerrero Garay

Hace calor y un sol cálido estrena los días que el calendario le quita al mes de julio. El curso escolar, esos nueve meses de libretas y exámenes, de amaneceres tempranos, quedan solo en el cansancio propio de mis muchachos, los míos y los de enfrente, los del costado y los de más allá.

Cuba tiene ese milagro que le sobra al vivir, gracias a la Revolución de Fidel, en un proyecto socialista. No se ha perdido la humanidad de los seres humanos. No hay que llevar el apellido tal para ser “de la familia”. El barrio es una gran casta de hermanos, hasta, a veces, mejores que los legítimos.

Por eso no es de extrañar, al menos para nosotros, los cubanos, que todo el mundo se sienta feliz con darle a esos chicos que tocan a la puerta “el pomo vacío, la caja de cartón, la botella de cerveza, el pedazo de zinc o aluminio…”, en fin, esos trastos que se van acumulando en un rincón y que son tan vitales como materia prima o materiales reciclables.

Y esos chicos no son otros que los pioneros de las escuelas de la educación primaria o secundaria básica de la comunidad, que forman parte, una semana de sus vacaciones, de esas Fuerzas de Acción Pioneril (FAPI), las que por iniciativa de la Organización de Pioneros José Martí, hace más de tres décadas, invita a sus miembros a dar su fresco grano de arena a tareas de la economía y socialmente útiles.

Los niños, de cuarto a sexto grados, se sienten importantes y contentos. Hay que verlos llegar a cada casa de la barriada, diciendo “buenos días” y ese brillo peculiar que les inunda los ojos como perlas conocedoras de su justo valor. Y hay mucho valor en esta faena. Aprenden a trabajar en equipos, se les levanta la autoestima, se sienten activos, útiles, reconocidos y parte de una obra donde, sin dudas, son los mayores beneficiarios.

Siempre las FAPI son un éxito, por sus aportes, y son muy raros los alumnos que no se incorporan. Cada verano, por una semana, forman cadenetas de amor, junto a sus maestros y guías pioneriles, por las aceras y calles de los barrios. Esta vez, en mi provincia, Las Tunas, en el oriente de la Isla, se incorporaron 39 mil 331, virtualmente la matrícula de esos grados en las ocho municipalidades que tiene este territorio, pero por toda Cuba suman millones. Y no solo recogen materias primas, sino que siembran árboles, arreglan la base material de estudio, limpian sus escuelas y rescatan los huertos escolares en los lugares que los hay.

Los adolescentes no quedan atrás. Para ellos la misión es dentro de las Brigadas Estudiantiles de Trabajo (BET), que integran a los adolescentes de las educaciones politécnica, preuniversitaria y universitaria, afiliados a la Federación Estudiantil de la Enseñanza Media (FEEM) y a la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

El suceso es el mismo, solo con escenarios diferentes. Lo mismo puede ser una finca o granja de los Ministerios de la Agricultura y de la Industria Azucarera, que una de las tantas obras que se remodelan o construyen como parte de la Batalla de Ideas, ese inmenso proyecto de Fidel que rompió la inercia de muchos frentes sociales que estaban urgidos de nuevos aires y puso a caminar los llamados Programas Priorizados, en los que cuentan relevancias tan socialistas y humanas como los Trabajadores Sociales, los Instructores de Arte, la creación de los Joven Club de Electrónica y Computación en las comunidades, las Salas de Vídeo y Televisión, por citar algunos.

Todos de un extraordinario alcance social y que permitió, por demás, que encontraran empleos y estudios, atención, cientos de jóvenes que habían abandonado, por diversas razones,  la escolarización o el trabajo. Los muchachos de las BET apoyan estas labores.

También te los puedes encontrar, los que estudian especialidades de enfermería y las ciencias médicas, en los policlínicos y cuerpos de urgencia asumiendo funciones propias de su superación. Otros en los sitiales históricos saneando el lugar. En la lucha preventiva contra vectores. En aulas abiertas por los organismos para que aprendan oficios como peluqueros o barberos, gastronómicos, cocineros y operadores de microprocesadores.

Un verano especial porque potencia la virtud del trabajo e instruye el espíritu. Siete días, que temporada tras temporada, los hace diferentes. Les abre un horizonte de altruismo a sus noveles manos y le ocupa la mente y el corazón en cosas nobles. Por eso, también, la mayoría firma el acta de compromiso y dona esa semana de descanso estival a su terruño y su país.

Cuando amanezca, porque ahora es de noche y mis muchachos duermen, los descubres por doquier y los identificas, ya no por los uniformes escolares, sino por los atuendos que caracterizan a los cubanos cuando van a labores voluntarias de trabajo: camisas o blusas de mangas largas, el sombrero de yarey o la gorra deportiva, los pañuelos de cabeza…pero sobre todo, por esa algarabía picaresca, bulliciosa, salpicada de risas y chistes, que revela mucho más que cubanía.

Es seguridad, felicidad, tranquilidad, orgullo, pertenencia, dignidad, legitimidad, confianza, amor, libertad, garantía, relevancia, amor propio, compañerismo, plenitud, diferencia, auténtica diferencia, porque cuando amanezca ellos serán millones en Cuba por las calles, mientras, no me queda duda, otros millones como ellos se desaparecen, mueren de hambre, los matan las bombas, sirven de placer, los violan, los ahogan con mangueras de agua, les cierran las puertas al estudio y el empleo, mendigan y les quitan la vida… a veces no se sabe ni por qué.