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Vuelven a convertirse en el techo del mundo

Por Graciela Guerrero Garay

Desde que empezó a caminar de manera “inteligente”, hay muchas cosas que van con el ser humano como la hiedra a la piedra. Sin embargo, por día parece incrementarse el número de objetos que necesita para minimizar los riesgos existencialistas y sobrevivir  ante las turbulentas y desafiantes amenazas de estos últimos tiempos.

Tal como no ha podido desprenderse del uso de los calcetines, el sostén, la camisa o la saya, prendas comunes al margen de culturas y naciones, ideologías o credos religiosos, tampoco parece que podrá renunciar al paraguas o sombrilla, objeto que cobra mayor presencia en el mercado y una sistemática demanda, sobre todo en los países ubicados en el Trópico, de altas temperaturas a lo largo del año.

Estos artefactos, como dicen unos, están llamados a ser maravillas imprescindibles cada vez que la ciencia nos alerta con una nueva información sobre el calentamiento global, el deshielo del casquete polar, el agujero negro de la capa de ozono o la dañina acción de los rayos ultravioleta.

Basta saber que este año quizás sea posible arribar al Polo Norte en barco, según algunos estudiosos del Centro de Datos sobre Hielo y Nieve, en Colorado, Estados Unidos. Las probabilidades, al decir de los científicos, de que se derrita el “carapacho frío” que lo recubre están por encima del 50 por ciento, partiendo del hecho real de que la formación de su capa helada ha desaparecido y reemplazado por una envoltura de hielo más fino.

Así las cosas, ¿quién se negará a protegerse con un paragua, una sombrilla o una sombrillita?, si ya a esta altura de junio en esta parte oriental de Cuba, en el llamado Balcón del Oriente, es tan sofocante la sensación que te embarga por el ardiente sol, aún bajo techo, que más de una persona me ha confesado que sale a la calle “porque no tiene otra alternativa”. Y puedo agregar que, al unísono, hay una fresca brisa que molesta, incluso, por su persistencia y vira al revés la frágil armazón de estos atuendos tan diversos y antiquísimos.

La historia del paragua no tiene sus raíces transparentes. Tal parece que el interés por su surgimiento se ha destapado en la última mitad del siglo pasado, quizás avalado por sus potencialidades comerciales y la evidencia de una demanda global. El cambio climático está tan generalizado sobre la tierra que lo mismo llueve de repente en China, que hay un sol ardiente a las siete de la noche en cualquier geografía. Las olas de calor de que se tienen noticias, las inundaciones, los eventos atmosféricos en general, dan crédito.

Si bien el ciudadano común ha llegado a la conclusión de que tiene que comprarse una sombrilla, muchas bibliografías no coinciden en delimitar su aparición en un tiempo exacto. Unos la ubican en fecha muy anterior a nuestra era, en la península Itálica, en manos de los Estruscos. Otros la enmarcan entre los descubrimientos  del siglo XIX, y se cuenta que en inicios se llamó paraguas y era un pedazo de tela sobre un agarradero de madera.

También se le atribuye como antecedente el hecho de que nuestros ascentros se colocaban, tal vez con el mismo fin, hojas de árboles en la cabeza y, la imagen, despertó la musa de algún buen observador y nació el paraguas. Aunque algunas curiosidades enuncian que esta gestora era una mujer y añaden que en China ya había “parasoles” antes de Cristo, lo mismo que en Grecia y Roma, donde hay leyendas dando fe de que los usaban para evadir el sol durante sus orgías.

Verdades y mentiras, más acá o más allá en la máquina del tiempo, nadie puede quitarle el valor a estos utilitarios atuendos, que en inicios, sobre todo en Cuba, con fuertes arraigos machistas, parecían ser exclusivos del sexo femenino y donde fue común, hasta hace una década atrás, mofarse del hombre, al margen de la edad, que se presentara en público exhibiendo un elegante paraguas multicolor, fuera de nylon o tejido ordinario.

Hoy la realidad es otra. El ardiente sol, imposible de parapetar y evadir con una visera o una gorra deportiva, ha extendido el uso de la sombrilla a todas las edades y, en este Balcón de Oriente, casi a las cinco de la tarde, puede asomarse a la ventana y sorprender a cualquier joven bajo una sombrilla negra, roja, de colores, grande, mediana, pequeña, en perfecto estado, con una varilla rota...lo esencial es no ser mordido por el Rey de lenguas amarillas y un verano que se siente desde el amanecer. 

OTROS DETALLES NOTABLES

Sin dudas, el paragua o la sombrilla, con sus pequeñas diferencias de estilos y tamaños, incluso de flexibilidad en la armazón de varillas que sostiene la tela, el nylon o el material sintético impermeable que también se utiliza, según un muestreo en algunos puntos comerciales de la ciudad de Las Tunas, tiene hoy una preferencia en las opciones de compra y, por primera vez en años, apuntan testimonios de los vendedores, se busca mucho las adecuadas para infantes pequeños, de 2 a 6 años.

Ante la competencia, gana el sol y los hombres adquieren con más frecuencia, las  de colores enteros, aunque también un tanteo entre ellos arrojó que en última instancia, sino pueden usar las de las féminas de la casa, compran la que exista en las vidrieras, “lo importante es taparse, porque tememos hasta a un cáncer en la piel, y los médicos recomiendan protegerse”.

Este fenómeno de ir buscando estilos de sombrillas o paraguas que tengan cierto toque “masculino” puede ser un buen indicio para los fabricantes, pues  hay padres que, ante la resistencia de los pequeños de usarlos con estampados o flores, sugieren que se produzcan cobertores más serios y factibles para los varoncitos.

La historia es caprichosa y se repite. La bibliografía existente afirma que en los lejanos años de la Edad Media también la gente se burlaba de los que utilizaban los paraguas, a pesar de que era habitual entre los pudientes, en esculturas de la época y pegadas a la vida de personajes ilustres como el monarca de Francia, Enrique II.

El repudio también, como ahora, se trocó en aceptación, y durante el mandato de Luis XV, en tierras galas, devino grito de la moda y se dice que surgió entonces el primer gremio de paragüeros y llegó a ser una prenda solo accesible para los ricos, dada la diversidad de sus diseños y la elegancia de los mismos. Y al agua seguramente le debe el escocés Charles Macintosh la propiedad de ser el primogénito de hacerlo impermeable, aunque muchos no vieron bien el olor a caucho que expelía y vagaba en la distancia.

La superstición es parte igualmente de su ir y venir a lo largo del mundo. Muchos se cuidan de dejarlo abierto dentro de la casa por temor a una desgracia. Si se te cae, debe recogerlo otro para no ser víctima de la mala suerte. Más de una dama escondió su rubor ante un piropo, mientras algunos evadieron un encuentro o escaparon de un asedio, caminado de prisa y cubriéndose totalmente el rostro con su parasol.

Lo cierto es que, contra todo lo que pueda discernirse, el paragua o la sombrilla, con multicolores maneras de llamar la atención y ganarse el precio de compra, a las puertas y el camino del siglo XXI no es un asunto de modas, de clases pudientes o tendencias sexistas. Es, simplemente, un objeto imprescindible para evitar enfermedades propias del sol y de la lluvia, en un mundo que oscurece o ilumina su cielo en cuestiones de segundo.

En Cuba, desde la Punta de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, es presencia constante apenas el astro Rey sale a despertar campos y ciudades, más en este verano que se siente sofocante y ardientemente cálido. La muestra está en que las sombrillas llegan a los comercios y “vuelan”, perseguidas por mujeres, hombres, niñas y niños.  Son, sin dudas, el nuevo techo del mundo.