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Eternamente…Heroínas

Por Graciela Guerrero Garay

Madre es más que símbolo. Más que gestar o acompañar. Más que dar o recibir. Es el superlativo de toda palabra posible. La esencia de un sacrificio perpetuo. Alegría y nostalgia. Creación, naturaleza, eternidad.

Madre es decir Patria. No por matices morales, ni etiquetas políticas. Son esos hijos que riega por la tierra y multiplica en vida. Es el ejemplo que siembra, unos con cantos, otros con llanto. Pero siempre ahí, tierna y firme, dulce y recta, callada e inquieta. Incansable y tenaz. Oportuna.

Guerrillera para toda batalla. Sol y luna, descalza y con sed. No hay oscuridad para sus tantas luces. No hay imposibles para su gran amor. No hay cansancios, ni reloj que limite sus horas de caminar por los suyos, que son todos al final de la cuesta.

Madre…niña, joven, adulta, vieja. Una sola, siempre. Capaz de saltar las murallas de la edad y las dificultades. La que deja de ser, para repartirse y dividirse sin códigos generacionales ni egoísmos malsanos. Luchadora en pasado, presente y futuro.

Gen perfecto. Cromosoma exacto. Raíz pura. Escudo invencible para las bajezas humanas, la injusticia, el desgano, la modorra y el camino torcido. Mamá, mamita, mima...mi vieja. No importa como la nombremos ni la llevemos bien pegada al alma. Nada cambia ni trasmuta su divina existencia, su recuerdo inmortal, su enseñanza, el calor especial de sus pechos y manos, su corazón de miel.

Por ellas, estamos y podemos seguir. Besos, abrazos, flores, regalos, postales…no sé. Todo es tan poco para tanta grandeza que, quizás, ni un “te quiero” pueda retribuir ese halo de magia y heroínas eternas que para suerte nuestra existe, y es tan bello y tan simple. Y se llama MAMÄ.