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Madre mía… Mamá

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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

Envejeces, y en franco desafío a códigos y normas, te haces cada día más imprescindible y amorosa. Más vital y tierna. Más consejera y necesaria. No es un reto del tiempo ni de los calendarios. Ni acaso el golpe inevitable de los años, el apego y la convivencia. Es ese don que brota desde el interior de tus entrañas, que te individualiza y convierte tus olores en el mejor perfume de la tierra, en el encantamiento  de la vida y en la longevidad de la ternura.

Madre mía… la edad no cuenta para robarte un beso y sentir el poderoso arranque de encontrarte… aquí, allá, en aquella esquina… por doquier. En los minutos secos y mojados. En las penas y las alegrías. Con la libreta, la hoz o el martillo. Es retener tu mano en el breve influjo de un segundo y perder el miedo, espantar fantasmas y hasta sentirme hada. La magia de tu alma que se cuela, tal cual es… única, insustituible, eterna.

Mamá… el primer balbuceo de la glotis sin voz… la primera succión de los labios hambrientos. Mamá… el sostén de la vida, desde siempre. No este domingo, ni los que tachamos. Ni la primavera, ni los compromisos. No es la obligación tradicional de hacer notar esta fecha o las que puedan imponer leyes y cuños. Eres tú, bella por encima de la fealdad de las fisonomías o las lentejuelas de un ropaje.

 Madre mía, mi mamá… multiplicada en todas las que engendraron… en las que en el diario camino te regalan sonrisas, consejos, caricias y también se hacen necesarias. Es el poder que da el cariño natural, sin condiciones. La pureza de todos los posibles sentimientos. La energía del ejemplo. El fruto neto de los grandes y pequeños sacrificios. Es la facultad, el milagro, de estar omnipresente. Hoy, en este gigante abrazo que te damos en tu Día, Mamá… Y en este Felicidades, que vencerá el mar y las distancias, el presente y la ausencia, el recuerdo  y la añoranza. Es tu amor, que trae el cascabel de la frescura, aunque tú, toda, sea un mapa de longevas cicatrices.     

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Por las abuelas de la Plaza de Mayo

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Por Graciela Guerrero Garay

Mi nieta Sheila juega tranquila a “que ella es una perrita”. Y entonces la descubres, a unos días de cumplir sus tres añitos, gateando por el piso y ladrando a su manera.

De pronto, se pone de pie y hace un giro picaresco. Corre a su cuna. Regresa con una sabanita blanca en la cabeza. Es “su pelo largo”. Empieza a bailar como “Shakira”. Me llama con la autoridad que le da el saberse querida. “Ven, abuela, yuega conmigo”. Lo repite hasta convencerme. Los trajines cotidianos de un domingo cualquiera seguirán esperando. “Shakira” está en el escenario.

Mientras la miro retozar feliz en la pequeña sala de mi apartamento, bendigo la suerte de poder ser abuela y disfrutar cada minuto de su vida, desde que la recibí en el salón de parto del Hospital General Docente Ernesto Guevara, de Las Tunas.

Es una historia hermosa. Nació de un amor de adolescencia. El primer amor. Mi hijo, Lloansy, tenía 17 años y estudiaba el tercer año de Técnico Medio en Contabilidad. MI nuera, Tahimi,  recién cumplía los 13 y estaba en el segundo curso de la Secundaria Básica. El embarazo se descubrió ya con nueve semanas. Interrumpirlo era un riesgo máximo.

Tahimi estaba diagnosticada con una hemopatía. Gestar no era menos complicado, pero ambos se aferraban a tener su bebé. Luché con ellos contra todos los pronósticos. Su familia eran los primeros adversarios. Las advertencias médicas fueron objetivas, científicas y argumentadas con todo el peso de la realidad posible.

Días de intensa angustia, dudas. A veces, muchas, me sacudía el miedo y las potenciales consecuencias me llevaron a empatar soles y lunas sin cerrar los ojos. Apenas comenzaba el octavo grado. Su mamá no estaba viva para ayudarme a pensar y decidir. Tampoco había solvencia económica para enfrentar gastos extras  y la lista de problemas parecía más grande que todo el mapamundi.

Nadie estaba conmigo, solo ellos dos y aquel llanto perpetuo por tener su bebé.

Los pro eran tan fuertes como los contra. La firmeza de Tahimi acabó por convencer a su papá y al abuelo materno que la crió desde pequeña. Mi esposo también se soltó el nudo de la garganta. Sheila Tania ser&

... (... continúa)

tugrace

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Mi pequeña nieta Sheila Tania Díaz Jorge, junto a mi esposo Juan, en uno de esos momentos de placer único...tener en sus manitas un "titi". Así, con estas grandes y pequeñas alegrías, viven millones de niños como ella en CUba, donde se aprecia el valor de la familia y el candor de una pueril sonrisa de esos grandes tesoros nuestros..nuestros hijos, nietos, sobrinos.

Ya José Martí lo dijo: Toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz.




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