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Por Graciela Guerrero Garay      Foto: Cuadro del pintor “Puchy”, de Las Tunas

Las Tunas.- Salgo al balcón como todas las noches a agradecer y a pedir por el amanecer que se esconde entre la oscuridad y las estrellas. Debo ser tonta para muchos. Quizás otros piensen que “chismeo” alguna cosa. La gente tiene la manía de suponer y juzgar sin preguntar y saca conclusiones, casi siempre, por lo que piensa y lleva en las entrañas. Yo creo en Dios desde chiquitica. Papi me enseñó a rezar y a ser católica. Mami afianzó mi fe.  Me aferro aunque sea una ignorancia a que esto es una lección divina. Tal vez como periodista sea ridículo. Pero soy una simple mortal que se hizo periodista.

No sé por qué no se me acaba la pregunta de si ya la gente tenía tiempo de aprender que apenas lo que brillamos y nos sostiene es la luz interior, y esa necesita de alimentos que no son masticables, sino divinos. De un aura fresca, sana, espiritual, sencilla… ¿Cuánto más valen los zapatos de charol puntiagudos de la chica de la esquina que unos pies descalzos, marcados por los años y los juanetes? ¿Qué importa tener la piel tersa si todos andamos con nasobucos y hasta los cercanos, en la distancia, se nos confunden bajo las gorras y cuanto escudo nos ponemos por estos días?

Qué importa vivir en Cuba o Italia si ahora mismo todos somos un amasijo de suerte frente al coronavirus y estamos a merced de Dios. No importa nada, solo estar vivo en cualquier sitio y vestir de carne y hueso. Las colas ya no son tan destacables. En Palermo dice un amigo por Messenger que la gente llega a los supermercados y amenazan con asaltarlos, pues no tienen dinero para comprar alimentos. Otros encaran a la policía y se los llevan porque sus hijos tienen hambre.

Mi libro “Las tres caras el amor” sigue sobre la mesita de noche. Lo manoseo y devoro con mayor ansiedad. Las noticias me alteran y siento el dolor que moja los ojos de millones, pero hay algo distinto… saber es más importante y la gente está conectada como nunca. Hay una necesidad de saber los unos y los otros… los de aquí, los de allá…los que nunca escribieron, los que empiezan a seguir los caminos digitales de los diarios.

¡Coronavirus! Una palabra que sabe a muchas cosas. Y la pregunta ahí, entre el trozo de cielo que me regala la providencia desde mi balcón y las tablillas de la ventana. Allí está mi crucifijo y mi fe. Seré tonta para muchos. Pero a EL solo a EL le dejo mis desvelos…en ellos anda la sabiduría de la ciencia, la fortaleza de las familias mutiladas, el misterio del rostro de la muerte en un estornudo, inofensivo hasta hoy.

La esperanza del dolor atravesado en el pecho y la lección inacabada… no hay respuestas posibles en las estrellas… Su voluntad y su misericordia. Oración salvadora. El Padre Nuestro... El miedo es un fantasma que intenta llevarse la fe. El firmamento se traga madrugadas y ojos. Sé que volverá la mañana. La fe devora silencios y tambaleos. Doy gracias a Dios.

Está más allá de los templos y el crucifijo. Es el pan, la certeza y ese torrente de abrazos que se descongela por todas partes. El mundo está pariendo una oración. Poco a poco, mi desvelado rezo trae al sol.  Vuelvo a dar gracias. El cielo está ahí, azul y sugerente. Hay esperanzas, aunque las calles tienen el silencio dormilón de los domingos.