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Por Graciela Guerrero Garay        Foto: De la autora

Las Tunas.- Hay actitudes y actitudes en quienes hoy  circulan frente a un timón por nuestras calles, avenidas y carreteras. Los criterios también andan divididos. Coincidimos con un grupo de trabajadores de la empresa de Mantenimiento del Cemento y, ante la lejanía de la ciudad, la hora del regreso sacó el tema del transporte. Los compañeros de esa entidad se quejaron de que no todos los choferes estatales recogen en las paradas.

En tanto, un carro de la corporación Cimex – donde nos encontrábamos- minutos antes salió de sus almacenes y el conductor recogió, por voluntad, a quienes estaban allí e iban hacia el distante reparto Buena Vista. Un gesto altamente apreciado y agradecido por los colegas que iban hacia ese destino. Por la mañana, por ese trayecto, un vehículo de la empresa de construcción y montaje (ConAlza) tuvo el mismo gesto con los transeúntes que esperaban “algo” en la apartada zona industrial de esta capital.

Los comentarios inclinan la balanza hacia lo positivo, pero todavía hay quienes se hacen sordos a las necesidades e imperativos que vivimos, no solo en el apoyo al transporte urbano, sino al momento de adquirir alimentos, gas licuado o comercializar frutas y hortalizas.

La evidencia es que marcan bien de madrugada y venden los turnos, hacen doble la cola y, en los productos del agro, a mi modo de ver, la violación del precio no está en lo que cuesta, sino en la mala calidad de la fruta, la hortaliza y la vianda y el  monto en que se ofertan. Ayer, por ejemplo, pepinos, que se me antojaron “enanos amarillos”, se vendían a dos pesos la unidad en el Organóponico de la avenida Carlos j. Finlay, cercano a la Universidad.

Empero, según tanteos con el representante de su homólogo “El Tunerito”, ubicado en el extremo contrario de la misma vía,  ahora la Agricultura o la Cooperativa le subieron el costo a la carreta de sólidos fertilizados, con los cuales mantienen los nutrientes a los sembrados, en tiempos donde se llama a mantener las cuantías establecidas y la dureza del clima pone en peligro el rendimiento y frondosidad de las cosechas. Si la cadena empieza a “hincharse” desde abajo… ¿quién paga el desatino? Se sabe… el cliente y nadie más.

Mientras escribo, ahí está el pregón por mi avenida: “la galletica dulce….la galleta…” Hace mucho no veo de las primeras ni en el mercado ideal El Serrucho, donde estos y otros alimentos de alta demanda lo distinguían como unidad “estrella” para la población. Dice que viene de Bayamo… y en la impotencia de ver como el pequeño paquete reembazado cuesta lo mismo que el grande comercializado por esa cadena, vuelve el duende preguntón: ¿Y si en Bayamo sobra, porque la entidad tunera no convenia y la oferta aquí, como la ley manda?

La mayoría de los tuneros, por suerte, se empinan y colaboran, denuncian y cuestionan, no en los pasillos, sino en los barrios debates como lo hacen muchos con una meridiana valentía y honestidad proletaria, aunque todavía quede el sabor amargo de que falta la suma total, empezando por las administraciones de los centros donde se expenden el alimento diario y se salva desde la salud hasta la credibilidad y la confianza. Es bronca de todos, pero hay que comenzar por dentro.