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Por Graciela Guerrero Garay           Foto: Internet

El abrupto chirrido de las gomas y el fuerte “plaf”  que sobrevino detuvieron, por minutos, los pasos de quienes transitaban por la avenida Primero de Enero. En los balcones de los edificios muchos rostros curiosos y asustados miraban la calle. Mientras, una voz de mujer, alarmada, llamaba con exigentes gritos a su hijo.  

La fortuna quiso que fuera el balón de futbol el que estuviera debajo del carro y que, por demás, el chofer condujera atento y despacio, como debe ser en las zonas residenciales, actitud que algunos no respetan. Empero, el susto enorme y la posibilidad real de la tragedia fue un hecho.

En esta ciudad, no es un cuento tan desagradable suceso, como tampoco lo es que la cifra de accidentes del tránsito significa una alerta roja en los problemas sociales de la provincia, incluso del país. Importantes recursos, cuantiosos, entrega el Estado cada día para revertir la situación, pero acontecen.

Campañas publicitarias, mejoramiento de la técnica, reparación de los viales, mayor vigilancia, imposición de multas, retiro de licencias de conducción y una larga lista de acciones concretas asumen los organismos encargados de garantizar la vida humana sobre el pavimento.

Sin embargo, mientras ello ocurre, los sujetos activos de la vía ni lo piensan y menos, según los comportamientos cotidianos, valoran los riesgos y las consecuencias de sus actos. La tolerancia familiar y comunitaria que se observa al permitir que los niños jueguen pelota o futbol, básicamente, en la calle o en lugares muy cercanos a avenidas y carreteras de amplio tráfico vehicular, es una muestra.

A las puertas del cierre del año escolar y la llegada de las vacaciones estivales, la potencialidad del peligro se incrementa, más cuando los chicos pasarán el mayor tiempo en casa y el juego entre amigos es prioridad uno. Usarlo a favor de la alegría y no de la tristeza, es un desafío para los padres y adultos que conviven con ellos, y son los máximos responsables.

Evitar los accidentes – incluso los que no son de tránsito – pasa, en primer orden, por el compromiso individual, en este caso por el tutelaje paterno, emplazado a cultivar en sus hijos un pensamiento respetuoso en sus conductas, comenzando por los pasillos interiores del hogar y la familia. La percepción de riesgo, de la que evidentemente se carece, es esencial en tiempos donde la euforia y las lamentables indisciplinas sociales cuentan.

Cierto es que hay muy pocos espacios idóneos para correr libremente detrás de una pelota de futbol o armar un cuadro de béisbol. Los remozados parquecitos infantiles comunitarios no fueron diseñados para esos fines y, en los barrios, los solares yermos suelen, en mayoría, estar enmarcados entre viviendas o caminos transitados.

Más, con todo, los juegos en las calle, sean cual sean, son inadmisibles, incorrectos. Alentarlos y permitirlos, y sin vigilancia adulta por demás, rompe las leyes de urbanización y pone a los niños y otras personas frente a eventos fatales. Lamentar no vale. Vale actuar en consecuencia al deber moral, familiar y social que nos compete.

Cuidar a los hijos, sembrarles una consciencia ciudadana convencida, recta, y saber decir “NO” a tiempo, es elemental en presente y futuro. Los accidentes del tránsito, desgraciadamente, son una pandemia imprevisible, pero evitable. En verano, cualquier precaución es poca. No le haga el juego a la tragedia. Cerciórese de que los niños juegan en un lugar seguro. En la calle, cuando escribía estas líneas, todavía quedaban huellas del balón deshecho.