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Por Graciela Guerrero Garay  Fotos: De la Autora

Detienen el paso, a pesar de estar conscientes de que continuarán el camino con las manos vacías y el deseo de llevar alguna figura para adornar la sala o terminar “la búsqueda” del regalo de cumpleaños para Luisa, quien es fanática a la artesanía artística. Otros hacen lo mismo, pero llevan consigo una o varias obras de arte que, desde la imitación casi perfecta o la creación pura, José Cristóbal Balanza Recasén tiene a la venta en la Plaza Cultural.

El kiosco de Pepito – como cariñosamente le llaman familiares y amigos – es una suerte de galería de buen gusto y una certeza más de que la plástica tunera es reconocida a nivel local, nacional e internacional porque bien lo merece. Caminar por ese popular espacio del centro capitalino es, sin dudas, un encuentro con la identidad creativa que distingue a la provincia.

Soy un artista de la plástica que hace artesanía – dice a 26 Digital – y uso el cemento blanco, yeso y marmolina para lograr estas creaciones, las cuales trabajo a base de moldes. Luego pinto a mano y doy esas coloraciones y matices que tanto gustan y dan la elegancia final a las imitaciones de las figuras y muñecas de biscuit.

Este trabajo – explica Balanza- es muy delicado, pero gusta mucho al cliente. En alfarería esta técnica se logra de la primera cocción de cada pieza, porque el término es un galicismo español que significa bizcocho, de ahí que tengo que utilizar caolín, cuarzo y feldespato, pero ya ves el resultado, son las preferidas porque reviven tradiciones muy nuestras.

Desde pequeño, en su natal Santiago de Cuba, le viene ese amor incondicional por la pintura al artista tunero, “porque sin renegar de mi raíz, aquí en Las Tunas he realizado mi vida en lo personal y social, y me siento hijo de esta tierra”, señala con la sonrisa amable que atrapa al transeúnte y contribuye a que este vital espacio de la ciudad sea una galería abierta, bajo los matices del sol y las sombras que engalanan las cercanías del bulevar.

“Yo me gané todos mis juguetes pintando en los planes de la calle, dibujando con tiza en el pavimento. Cumplí misión internacionalista en Etiopía y al regresar, un día en el zoológico de Santiago me apasioné con los animales y empecé a pintarlos, allá también lo hice, pero en realidad mis éxitos nacen de lo empírico, ya después sí estudié”, dice quien ofrece unos osos, elefantes, perritos y miniaturas diversas que cautivan.

Sus cuadros, enmarcados en el estilo paisajista, también acumulan méritos y ostenta el premio del Primer lugar nacional en el Salón de Paisaje en la Jornada Cucalambeana de la década de los 90 del pasado siglo.

La monocromía y el degradado cogen vuelos altos en sus manos. Son horas enteras entregadas a preservar las buenas prácticas de la dimensión artística de la plástica tunera.

“Bueno creo que esta idea de autorizarnos a los artesanos a vender aquí, en un lugar tan recorrido de la ciudad, no solo es favorable en el sentido de las ventas, porque siempre se comercializa algo, pero eso es muy relativo. Yo le veo el valor desde el punto de vista de dar a conocer al pueblo y a los visitantes el arte que encierra la artesanía tunera.

“Aquí venimos a diario varios creadores, y aunque la gente no compre, nos llena saber que admiran lo que hacemos y se interesan por conocer cómo lo logramos, o qué quiere decir tal figura. Muchos no llevan las obras por la solvencia económica, aunque vendemos a precios aceptables y en moneda nacional”.

Sueños… “siempre hay sueños, también los tengo. Quiero volver a pintar cuadros, llevar el arte tunero a otras provincias, de hecho ya lo hicimos en varias oportunidades y hay una aceptación tremenda, no únicamente entre el público, sino entre altas personalidades de la cultura cubana”, dice José y vuelve a regalar esa sonrisa que parece trasmitirle el sentido espiritual- creativo que marca su talento y obras.

Entonces uno entiende porqué cierra a las dos de la tarde y vuelve a casa a trabajar, a moldear con el alma sus piezas y a convertir el pincel, sea sobre el lienzo o el cemento blanco, el caolín o el yeso, en un regalo que lleva mucho más que la intensión de ganar el sustento, sino la verdadera razón que enaltece la artesanía local y cubana: nuestra identidad cultural que convierte a estas tierras en referencia internacional y es poética en cualquiera de sus manifestaciones artísticas.

La Plaza Cultural, el otrora “Anoncillo” para varias generaciones tuneras, es por José y sus  colegas un auténtico camino de buen gusto y una muestra abierta del poder creativo y peculiar de la ingeniosidad de nuestros artesanos. Si quiere alimentar su alma, olvidar por momentos cualquier agravio interno vaya allí, aunque la cartera no tenga un centavo. Llevarse en la retina este buen arte popular seguro vale la pena, como diría el profesor Calviño.

No por gusto, todos los días, decenas de personas, incluidos los niños, hacen un alto en el trayecto y quedan ahí, frente a este hombre que regala amor con su trabajo y ese trato gentil y humano que le caracteriza, al tiempo que arranca frases de elogio y promesas de que volverán. Y vuelven, es inevitable.