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Por Graciela Guerrero Garay

Maricela me habla con voz cansada, marcada por el dolor que le trae el 6 de octubre. Ese día le quitaron de un golpe, fuerte y contundente, increíble,  la alegría a toda la familia. Carlos Leyva, su hermano querido, lo mató la bomba que pusieron al vuelo 455 de Cubana de Aviación, que salía de Barbados con destino a La Habana. Las 73 personas a bordo perdieron la vida, en uno de los actos terroristas más horrendos cometidos hasta ahora en el hemisferio occidental.

La Agencia Central de Inteligencia Americana (CIA) y los nombres de Luis Posada Carriles, Orlando Bosch, Freddy Lugo y Hernán Ricardo Lozano causaron las heridas, abiertas 41 años después en cada cubano. Junto a la tripulación, viajaban los 24 integrantes del equipo nacional de esgrima, ganadores de todas las medallas de oro en el Campeonato Centroamericano y del Caribe. Y Carlitos, como siempre le dirá Maricela, estaba entre ellos. Recién había cumplido los 19 años.

No quiere fotos. No confiesa que las cicatrices del alma las tiene marcadas en la cara. Tampoco  cuenta que la depresión profunda de la inesperada ausencia de Carlitos, poco a poco, trajo la muerte al padre. Igual sufre por su compañero Leonardo Mackenzie Grant, el otro joven esgrimista tunero a quien le quitaron la sonrisa del triunfo y tampoco dejaron llegar a casa para recibir los abrazos.

Solo siente alivio cuando, una y otra vez, año por año, las palabras del líder inmortal retumban en el televisor: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla”. O al conversar con los pioneros y les cuenta, para que sepan porque octubre es un mes de esperanza en Cuba y hay que decir bien fuerte…”Seremos como el Che”.

Cae el sol del mediodía sobre el portal de su casa. En cientos de hogares hay velas encendidas y flores blancas o rojas en los jarrones. Las familias crecen y las memorias, aunque muy tristes, se multiplican también. No quiere fotos esta mujer humilde y de alma pura. No hace falta. La imagen importante, como dice ella, es que los jóvenes como su hermano hacen hoy lo que él hubiera hecho: ser un deportista mucho mejor, cuidar su Patria y condenar al desgraciado terrorismo.

Y cuando camino a escribir estas líneas la comprendo. Se cruzan con mis pasos muchos niños y jóvenes con uniformes escolares. Otros en bicicletas, denotan vienen del trabajo o sus gestiones cotidianas. No hay terroristas en las calles ni perversos locos con armas. Aquí sobra, por suerte, lo que le falta al mundo: PAZ.