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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

Llegó como esas brisas frescas que se cuelan por la puerta en medio de un calor horrible.  De pronto, no pude dilucidar qué hacía en mi casa, a las siete y un tanto de la noche, aquel hombrecito dulce, acompañado de la abuela y su papá. Entre el asombro, sus vivaces ojos claros dicen de algún modo que venía a verme.

Una poesía – dijo con una voz de esas que te pinta un arcoíris en un dos por tres. Maritza, la abuela, explica: “Llegó de la escuela y no se quiere quitar el uniforme, hasta que no recite la poesía  a alguien. La aprendió hoy en el círculo y quiere decírsela a Fidel. No pude convencerlo y lo traje acá, tal vez a ti te entienda”.

Lo miro. Sus pueriles cinco años brillan en el iris.

-          ¿Cómo te llamas?

-          Dainner Ignacio Pérez Pérez, responde de un tirón, sin atropellar las palabras…

 

“Por ser el más fuerte y sabio

 de los hijos de Martí,

Fidel cuando yo sea grande

Quiero parecerme a ti.

“Quiero igualito que tú

Subir un día a la Sierra,

Para ser bueno y valiente

Y defender a mi tierra,

querer como tú a los niños

Y cuidar a los ancianos,

como tú quiero ser padre

de toditos los cubanos”.

Espera. Lo abrazo. Su padre sonríe con orgullo. Es el fruto de los avances que tiene su pequeño en el quinto año de vida, en el Círculo Infantil Zapaticos de Rosa, de esta ciudad de Las Tunas. Es ese sentimiento que desborda desde que nacemos por la historia, por los héroes, por Fidel, el más grande de estos tiempos, el mayor estadista, el líder invicto, el guía de todos.

Miro a Dainner y lo beso fuerte. Será un buen hombre, un buen cubano. Y otra vez entiendo por qué Martí escribió la Edad de Oro y les regaló a Pilar, a Nené Traviesa, a Abdala y a los Zapaticos de Rosa. O se fue al monstruo. O llegó a Caracas.

Y exactamente esto… toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. Esta ternura de pertenencia que me trajo uno de mis más pequeños vecinos cambió la noche. O mejor, me llevó a la esencia de lo que tantas veces escuché en la Plaza de la Revolución cuando millones de este suelo y otras latitudes gritaban convencidos: YO SOY FIDEL.