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Por Graciela Guerrero Garay     Foto: De la Autora       

No estrena este fin de semana su mejor sonrisa ni las acostumbradas jaranas de su alegre carácter. Camina pensativa y los ojos, de vez en vez, se le humedecen. La muerte del  Comandante Fidel Castro le trae una nube de recuerdos.

“Cuando tenía diez años, y aún más pequeña, recitaba las poesías de Fidel y me emocionaba mucho. Siempre sentí un amor incondicional por mi líder. Resulta que cuando Fidel empezó con los problemas de salud me ponía triste y mi mamá tenía que sentarse a conversar conmigo, pues no aceptaba eso, me dolía. Tampoco entendía que a un hombre como él le pasaran estas cosas malas, como las veía yo. Era una niña.

“Decidí escribirle una carta y le pedí a mis padres que me llevaran al Consejo de Estado, porque yo necesitaba entregarle esa carta. Me llevaron y cuando llegué al Consejo de Estado, después del largo viaje desde Las Tunas, le pedí a mi mamá que me rectificara la ortografía pues no quería que mi Comandante viera errores en mi carta.

“Allí me recibió un grupo de personas y abrieron el sobre. Recuerdo que me inquieté mucho y les dije que la carta era para Fidel. Todos sonrieron y me explicaron que por cuestiones de seguridad había que revisarla. Dentro de la carta había una foto mía, porque quería que Fidel me conociera.

“Pasó una semana más o menos, ya estábamos en casa, cuando llega un compañero y dice que trae una carta para la compañera Beatriz Amanda. Salí nerviosa detrás de mi mamá y ella me trata de tranquilizar y me asegura que debe ser la respuesta de Fidel. Imagínate, tenía 10 años y me estaban llamado “compañera”. Efectivamente, era una carta de Fidel, con una postal. Me conmoví mucho, y desde ese día soñaba con abrazar al Comandante.

“Era una necesidad en mí, aunque no pude cumplirla. En estos momentos estoy destrozada, pero fuerte como enseño Fidel a estar a su pueblo. Honraré su gesto delicado y único no solo con mi profesión, sino estando ahí junto a sus cenizas. Tengo mucho dolor, mucho…”

Se pasa la mano por el rostro y trata de atrapar las lágrimas que ruedan buscando las comisuras de esos labios que, desde anoche, no sonríen ni simulan acaso una mueca en el rictus de la boca. Beatriz Amanda Guerrero Rivero cursa el tercer año de Medicina en la Universidad de Ciencias  Médicas Zoilo Marinello, de Las Tunas. Ya no es aquella niña, pero esta muchacha crecida y madura siente igual frenesí por su Comandante y, como antaño, tampoco acepta la noticia de su muerte.

Aprieta las manos y me afirma que buscará la carta y la postal para llevarla al homenaje póstumo. En esas trampas emotivas del dolor y la muerte, es su manera de decirle aquí estoy Fidel, yo soy la niña tunera de la carta. Había lágrimas en los ojos de Beatriz. Tocó el silencio aparente al paradigma de sus sueños. Es inevitable ese desgarramiento.