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Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: Archivo de la Autora

Me soltó la pregunta sin rodeos y apuntó con el índice a una anciana que pasaba justo por nuestro lado apoyada en un bastón. Puse cara “de limbo”  y su argumento me rompió el marasmo: “cuando se habla de violencia contra la mujer nunca se hace hincapié en la ancianidad. Indaga con ellas y verás cuantas maneras e historias las victimizan. Hoy la violencia social quizás sea más cruda que la doméstica”.

Emilio Pérez siempre anda de prisa y me dejó entre el espasmo de sus reflexiones. Nunca imaginé que esa misma noche en la Rendición de Cuentas del Delegado a sus electores, en la Circunscripción 123 del Consejo Popular 18, en esta ciudad de Las Tunas, encontraría la respuesta que su apuro no me dejó escuchar.

“Mi inquietud se basa en la necesidad que existe de buscar por esta zona un local donde podamos llevar a nuestros padres ancianos. A mi mamá tengo que dejarla sola, enferma, las ocho horas en que estoy en el trabajo porque vivo de mi salario. Aunque se les garantice el almuerzo en las casas, pero al menos que estén seguros y con una enfermera que los atienda”, dijo la doctora Raquel Ruz Reyes, profesora del escenario universitario Vladimir I. Lenin.

Por unanimidad se aprobó su planteamiento. Salí a buscar otras historias de vida para no contar la mía, es decir, la que estoy viviendo con mi madre de 85 años y en muy delicado estado de salud. Emilio tenía razón, las mujeres de la tercera edad y las adultas mayores son víctimas de la violencia, quizás más que las madres solteras, las divorciadas, las activas laboralmente y las genéricas de cualquier edad.

Es una violencia con mezcla de todo, donde el machismo no es exactamente el culpable. La inmensa mayoría es viuda o tiene que asumir, con todas sus limitaciones anatómicas y hasta mentales, la atención al esposo anciano, los nietos, hijos divorciados y/o solteros y reemplazar, con carné de impedidas físicas y bastón, las tareas domésticas y las compras del mercado y las bodegas. De lo contrario, nadie trabajará para sostener el hogar.

“Me paso el día sola –confiesa Ada-. Vivimos las dos solitas y ella no tiene otra opción. Llega siempre sobresaltada, con miedo a que me haya pasado algo pues estoy enferma, y eso que su trabajo le permite venir antes de tiempo. A veces peleamos, pero es normal pues yo sufro por verla con tanto sacrificio y ella se altera por la situación que tenemos. Cuando llega tiene que hacerlo todo, pues yo estoy postrada. Si la soledad es violencia, entonces…

Carlos tiene igualmente una situación compleja con su mamá. Es el único hijo que le queda. Su madre vive en una quinta planta de un edificio y sus días pasan entre la cama y la silla de ruedas porque le amputaron una pierna por la diabetes. Para atenderla, tuvo que cambiar su labor y ponerse de custodio nocturno, único horario en que puede cuidarla un nieto. Siempre resulta difícil sacarla de la casa para llevarla al médico y confiesa que cuando llega a la planta baja, sin que se le caiga de la silla, da gracias a Dios.

Otras historias contadas por sus protagonistas – jubiladas y con edad promedio de 70 años- hablan que las nueras y yernos no las tratan bien y quieren adueñarse y gobernar sobre lo que les pertenece, con la anuencia o tolerancia de sus hijos. El hipo de soledad es mayor al sentirse ignoradas y sumidas en un cono de silencio, si no existen nietos pequeños que le puedan dar un poco de ternura.

En la calle no es menos la violencia. Se les hace difícil abordar los ómnibus por las colas y los problemas de osteoporosis, fenómeno que enfrentan por doquier por culpa de las llamadas barreras arquitectónicas. Son pocos quienes se brindan para llevarles los bolsos de los alimentos o cederles un asiento en las guaguas, lo mismo que en las largas esperas en las farmacias y las consultas. También reciben insultos de algunos choferes o transeúntes si, por la lentitud de sus pasos o los desvaríos de la edad, no pueden andar al ritmo de las luces del semáforo o el tránsito de las vías.

La pregunta de Emilio sigue prendida en mi mente… ¿Y las ancianas no son mujeres? El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la mujer debe ponerle canas a sus programas y, porqué no, dejar de ser un llamado a la conciencia colectiva y devenir plan concreto de acción que derribe los muros donde esconden sus lágrimas las progenitoras del hombre.

Tal vez así no haya que echarle trigo a la sentencia “no me digas que vas hacer, dime lo que estás haciendo”. Cuba está emplazada. En el 2050 el 33 por ciento de su población tendrá más de 60 años y será la novena más envejecida del mundo. De ella, a partir del Censo del 2012, la mayoría deben ser mujeres, quienes computaron en esa fecha el 50,1 por ciento de la sociedad. Las Tunas clasifica entre los territorios con un alto índice de envejecimiento y la mayor esperanza de vida al nacer. Mirar la violencia contra la mujer no tiene otra alternativa que poner los pies en la tierra.