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Por Graciela Guerrero Garay     Fotomontaje. Chela

Las cifras hablan. No hay que preguntar exactamente a los matemáticos para tener la certeza. Sin embargo, en determinados casos, no creo sean capaces de ilustrar los efectos emocionales que se mueven ante sucesos relacionados con mejoras existencialistas, crecimiento espiritual, calidad humana o salvación de vidas. Si así fuera, los números del último Censo de Población y Viviendas 2012 en Cuba serían enormes en algunos indicadores, e infinitos en otros.

Jamás la Isla de hoy es la de ayer, pero esta referencia es muy cercana: año 2002, inicios del milenio. Quizás, los descreídos daban por hecho, a priori, que iba a citar el significativo 1959, aún cuando a la victoria definitiva esté asociada al logro del presente y su positiva evolución, sin que ello suponga un producto acabado ni la insinuación, siquiera, de la perfección absoluta, objetiva o subjetiva.

Mas, las verdades son verdades, gusten o no. Cierto es también que el torrente informativo que resultó del proceso estadístico más complejo, completo y fundamental de una nación, el nombrado momento censal, realizado el 14 de septiembre del 2012,  es valioso cuantitativamente por lo que aporta – o define - en conceptos demográficos, algo vital en un país marcado en las últimas décadas por un amplio movimiento migratorio, no siempre controlado, tanto interno como externo.

Sin embargo, al detener la mirada en algunas cifras percibo una trascendencia espiritual incalculable, por aquello de que tipifican, a mi modo de ver las cosas, los avances reales alcanzados y los cuales, muchos de nosotros, subestimamos frente a las carencias que prevalecen y denunciamos con agudos tonos sombríos, tal como si todavía estuviéramos en aquellos tiempos “cuando los perros se amarraban con longaniza”.  

Lejos de justificar insuficiencias ni observar complacientemente el panorama, dice mucho que tengan nivel medio o superior el 71 por ciento de los cubanos. O que en los últimos 10 años,  se graduaron en las universidades 400 mil personas, todo dentro de un llamado Período Especial, con la economía casi en opción cero y un debacle socio-político en la nación espejo del socialismo mundial, la extinta Unión Soviética.

La vivienda es un serio problema en la Isla, pero el Censo arrojó un crecimiento en las unidades de alojamiento. Hoy hay más casas y apartamentos que en el 2002. Las Tunas, por ejemplo, catalogada como “aldea” casi hasta ayer por sus propios habitantes, reportó 192 mil 287 unidades de ese tipo, superior al cuatro por ciento en comparación con el total global del país y son particulares más del 90 por ciento del fondo habitacional.

A ello podemos sumarle que disminuyeron los albergues y hogares de amparo, así como los locales de trabajo donde residían personas, y el inventario de los inmuebles se incrementó en más de 354 mil, aunque en ello también cuente la división de viviendas y no todo sean nuevas construcciones.

En asuntos de tecnología, los logros van más allá de los espacios estatales. Hay mayor tenencia de artículos electrodomésticos y los cubanos y cubanas declararon poseer más de 850 mil celulares y 400 mil computadoras domésticas.

En fin, los 11 millones 167 mil 325 cubanos que somos hoy vivimos mejor que hace diez años atrás, con televisores en colores, refrigeradores, hornos de microonda, ollas arroceras y/o multipropósito, reproductores de video, aires acondicionados, más cultura, más instrucción y, si bien más viejos, con el orgullo de que nuestros hijos son dueños y disfrutan lo que la mayoría adulta jamás tuvo, yo incluida. Y conste que nací en el sexto mes del año del triunfo de la Revolución: 1959.

Por eso, justamente, la matemática del dos más dos es cuatro no me da el resultado exacto. Los números, como las palabras, ni elevados a la n dicen, cuando de ver con el corazón y la verdad se tratan, los nudos de amor que se tejen por sí solos en el alma. Este paso adelante, mañana será más largo porque, ahora mismo,  Cuba y su gente no son los mismos de ayer. En algún lugar de su larga y estrecha geografía el olor a pintura fresca, asfalto recién echado o determinado camino, aún sobre piedras, trae las novedades del mejoramiento humano.