20130306004912-hugo-chavez-saludo.jpg

Por Graciela Guerrero Garay

NO acepto su muerte, aunque su cuerpo físico no me regalé más una sonrisa ni su boina roja traiga la fuerza del color, en medio de la coraza verde que inmortalizará siempre su uniforme de Comandante. Y es que él, Hugo Chávez Frías, es el cóndor y las palomas que vuelan por los trillos de las selvas, los cerros y la geografía latinoamericana.

Su partida no es verdad. Las ideas no mueren. Ahora es un halo de luz, hermoso, blanco, que guiará la lucha desde el limbo donde están Bolívar, Martí, Che Guevara, Tupac Amaru... ¡Tantos! Y las tierras nuestras seguirán en pie, apuntaladas ahora con otro eslabón de oro, en esa cadena infinita de los hombres buenos, nobles, dignos, amorosos, fieles, honestos, líderes.

Chávez nos enseñó eso, más allá de Venezuela. Los manantiales que abrió Barrio Adentro están hoy multiplicados por el Sur, las Antillas, los Andes y la Patagonia… el mundo. Este planeta que llora y, a la vez, fortalece su amor por la vida y seca sus lágrimas para mirar bien el horizonte.

Nuca te fuiste ni te irás. El viento no se ve, pero se siente y sin ese oxígeno vital no hay vida. Eres así Comandante, serás. Tu pueblo, Cuba, galopará en el unicornio de la fe que le inculcaste y compartiste. Acá todos, mis vecinos, mi barrio, los cubanos, no podemos negarte el nudo en la garganta ni el vacío en el pecho. La noticia es demasiado fuerte.

Pero no. Todos sabemos, y tu amada gente allá, que naciste para quedarte. Estás por encima de cualquier imprevisto. La muerte es solo un hecho predecible. Decidiste irte a donde van los inmortales. Seguiremos unidos. Es la mejor manera de quererte y demostrarte que cuanto hiciste ya se fundió como el hierro y el acero.

La orden está dada. América Latina espantó los demonios. Hoy, menos que nunca, volverán.