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 Por Graciela Guerrero Garay

Por la calle los comentarios y las caras de asombro expresan los miedos de saber que atravesamos por situaciones epidemiológicas complejas, con el mosquito Aedes Aegypti  y otras virosis propias de esta época. Sin embargo, todo simula un golpe de efecto transitorio, pues no se labora de conjunto, en una buena parte de los casos, para minimizar los riesgos y hacer las profilaxis imprescindibles según proceda.

Lo primero que resalta es el poco cuidado, tanto por vendedores como consumidores,  en el expendio de los alimentos. No es un tema nuevo. Es un asunto digno de retomar para  interiorizar, de una vez,  cual vulnerables somos a las enfermedades. Tener la justa dimensión del peligro, no compete, exclusivamente, a las instituciones sanitarias ni del gobierno.

Ante sondeos cotidianos y la proliferación de focos, incluso en zonas donde nunca existieron, se evidencia que todavía falta coordinación y trabajo en equipo, tanto en el sector estatal como privado. Y no hablo de las entidades donde se detectan. Me refiero a los organismos involucrados en garantizar, de una manera u otra la sanidad del entorno.

La poda de árboles es imprescindible, sobre todo en los patios de las casas, solares yermos, laterales de edificios y asentamientos rurales. Si usted fumiga en el interior de los domicilios, el mosquito vuela a esconderse a la floresta. ¿Y qué decir de las cañadas, aguas estancadas, salideros de fosa, pozos, tanques elevados, etc., etc.?

Para que la fumigación sea efectiva – pues bastante cara resulta y ya suman millones lo invertido en el país –  se deben tener en cuenta estos detalles. Un cerco verdadero al Aedes.  En conversaciones con personal de la Campaña contra vectores la mayoría alega que se llama a los organismos y, estos, no siempre actúan con celeridad ni van a las reuniones. Otros, tranquilamente, anuncian la falta de recursos.

Es objetivo el deterioro patrimonial de varias empresas. Pero, ante la realidad que cohabita en la provincia y en este municipio capital, pregunto: ¿Nos damos por vencidos? ¿No hay alternativas para sanear una fosa desbordada, rellenar un hueco pestilente, solucionar un salidero y chapear tanta hierba por doquier?

Las multas no salvan vidas y no siempre son meridianamente justas, porque el agua muchas veces viene sucia, tanto de las cisternas como del acueducto. Sé de personas que, con abate en sus tanques, le han encontrado larvas de otros tipos y, sin saber aún los resultados de laboratorio, se les impone la sanción. Eso crea malestar y hasta rebeldía.

La otra cosa es hervir el agua para evitar brotes diarreicos y la parasitosis, sobre todo en los niños, en quienes pueden ser fatales. O clorar la que se toma. Y si bien se reconoce la venta masiva de Hipoclorito de Sodio en todas las farmacias, hay quejas sobre las dificultades para adquirirlo, pues las extensas colas en los dispensarios provocan que la mayoría decida “hacerlo después” y, al final, no lo compran.

Otra parte blanda, mirando de frente la diana de este serio y complejo problema, es la no sistematicidad de los controles sanitarios a los puntos agroalimentarios privados y estatales, incluso a las propias unidades gastronómicas, donde en varios lugares y repetidas veces, se mantienen productos en las neveras y, al sacarlos a la venta, más que mermas y falta de frescura, tienen las condiciones idóneas para el cultivo de bacterias propias de las salmueras, colorantes y conservantes utilizados en su elaboración. De esta verdad tampoco escapan las carnicerías, con productos como el picadillo y la jamonada.

Se trata, en fin, de ser responsables y asumir que los riesgos no traen nombres ni apellidos. Todos nos podemos enfermar y todos debemos ponerle el pecho a esta batalla. Prevenir, en equipos, para no lamentar ni llorar después.