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Por Graciela Guerrero Garay  Foto: Tomada de 26 Digital

Las frutas están entre las opciones alimentarias más saludables para el hombre, pero poder llevarlas  a la mesa, naturales o elaboradas, es un reto cotidiano en el que se interrelacionan muchos más factores que si se cultivan, venden o encarecen el precio fuera de temporada.

El comercio de estos demandados productos en cualquier lugar es tan vulnerable e inaccesible para las mayorías como la sostenibilidad de un conocimiento profundo sobre los aportes calóricos de cada especie, sus beneficios específicos y  la calidad de las mismas. Cuba no escapa de esa fiebre de problemas que fortalecen las lagunas y las debilidades que, en estos temas, existen para el ciudadano común y las familias en general.

Comer es un negocio, sin darle vueltas al jarro. Los precios mutilan la esencia del precepto de que una alimentación sana es fuente de vida con salud. Informes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) testifican que es un fenómeno global y señalan que en el 2009, por ejemplo, el número de personas hambrientas en el mundo alcanzó el millar de millones, al tiempo que el trigo aumentó entre un 60 y 80 por ciento su costo, entre septiembre y junio del 2010.

Eriza analizar la relatoría de estas evidencias año tras año. Para países como Cuba las cosas se complican más y, al “aterrizar” en nuestros mercados, lo primero que me aprieta el pecho no es exactamente cuánto vale lo que necesitamos, ni lo acorralados que estamos entre la ley de la oferta y la demanda, sino la poca confianza en la calidad de lo que adquirimos por esos exorbitantes  saqueos monetarios.

Resulta que hasta ayer, prácticamente, teníamos conciencia de que casi todas las frutas que se ofertaban eran maduradas con líquidos, tóxicos y muy dañinos para la salud, fundamentalmente  para los niños pequeños. Pero aún así, a sabiendas del riesgo, las comprábamos.  En buena hora, la  ofensiva por parte de los inspectores de Higiene ha llegado y los mismos vendedores, si le preguntas, te dicen que son madurados de forma natural “porque sino le pegan multas”.

Sin embargo, con los comerciantes ambulantes, ¿dónde tenemos la garantía? ¿Y en los mismos puntos de venta, ¿nos estarán diciendo la verdad? ¿Recorren estos grupos de control todos los lugares, todos los días? Ellos deben certificar que los productos están aptos para el consumo humano, pero son varios los cuentapropistas que padecen del mal de la “irritación” y se alteran cuando el cliente les indaga sobre el particular.

Y, como me han afirmado varios lectores, para no desgraciarnos el día, les  compramos y ya, si no tenemos otra alternativa que “morir” allí. Otros, por suerte, son de esos guerreros anónimos que necesitamos tanto para acelerar el mejoramiento social y reclaman con decencia sus derechos, hasta que logran que se les muestre la documentación o los convenzan las respuestas.

Es la vida humana. Por lo que sería saludable que los inspectores exijan con igual rigor que el certifico de marras esté bien visible y señalizado en cada mercado, sea estatal o privado. La comida no es un lujo y la salud del pueblo tiene que defenderse donde se comprometa.

A los vendedores ambulantes – cada vez  más comunes en nuestras calles- se les deben aplicar las mismas medidas  y controlarles que porten el documento, a la vez que se les oriente que deben mostrarlo si un cliente lo decide. No es secreto que hoy para hacer dinero algunos hasta roban a los santos. Expedientes abiertos, conclusos y sentenciados existen como evidencia. Este asunto de la calidad de las ofertas es para ponerles manos y corazón arriba.