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Texto y Fotos Graciela Guerrero Garay

Le brota el arte como brotan de las grandes cascadas las interminables gotas de agua que la integran y la inmortalizan. Es el sortilegio que baña las llanuras de Cueybá, esa antiquísima semilla que germinó fértil y abrió, al cerrar septiembre, sus remodeladas puertas para celebrar el 215 cumpleaños. Terruño de magos, poetas, orfebres, escritores… don natural que es bendecido en estas tierras y vívido, hasta de manera empírica, por generaciones de generaciones.

No se cansa. La madera se ablanda al golpe de la gubia. El cincel cede a sus sueños.   Las tijeras no ampollan la piel. Y en el lienzo, la paleta de colores coge mil formas. En octubre, el rostro del Che es un ritual entre sus cuadros. Pero la cera, con sus inquietas maneras de evadir la dureza, también se doblega a su perseverancia y, cual relámpagos,  nacen las miniaturas. ¿Y qué decir de su inmensa colección de naturaleza muerta?

Maikel Milanés nació tunero y el sortilegio de estos llanos del oriente cubano le regaló el encanto de la inspiración. No es graduado de ninguna manifestación artística ni recibió curso alguno. Es un creador innato, un joven que enriquece el trabajo comunitario del Consejo Popular 18, en su ciudad natal, y quien de manera espontanea lo pone a disposición de los eventos que acontecen en el barrio y su centro de trabajo.

Me gusta pintar, rotular, trabajar las figuras humanas en madera, metal y barro. En realidad todo lo que cae a mis manos quiero transformarlo y lo intento hasta lograrlo. Ahora quiero decorar con cemento y piedras. Empezaré por mi casa para ver cómo queda, me confiesa.

Y si bien Maikel tiene sin dudas un talento peculiar y multifacético, quien sale a husmear  por los caminos tuneros, con asfalto y sin asfalto, encuentra que este Balcón de Cuba  tiene ese brillo distinguido que nuestro poeta Nicolás Guillén atrapó en su Sóngoro cosongo. O el embrujo del misticismo caribeño que Alejo Carpentier  desnudó con lo real maravilloso que esconden las lomas y la caña, el cielo y las montañas de esta isla libre y maestra en el arte popular, la décima y la artesanía.

Eso es eso, el sentido de libertad y la belleza que resalta, interminable, por encima de los torbellinos y el claroscuro de la existencia. Es la poesía de vivir aquí, donde este muchacho y miles más hacen del arte un cuño y una leyenda de nuestra cubanía.