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Por Graciela Guerrero Garay

Si alguna noticia televisada me ha provocado por estos días un cosquilleo interno agradable ha sido, exactamente, la marcha de las llamadas Damas de Blanco por las calles de La Habana. Verlas así, primero, tan entusiastas, me recordó una vieja sentencia que aprendí de un amigo: se han tomado su propia sopa amarga: con esos rostros serenos, maquillados, sus atuendos femeninos… ¿de cuál dolor hablan ellas? ¿Dónde están las huellas de ese martirio y sufrimiento constante que dicen las somete el gobierno cubano?

La gran prensa de Estados Unidos y de Europa podrá seguirlas “pintando” como las mujeres más sufridas de este mundo… las pobres viudas, las huérfanas de maridaje… el espejo “real” de la dictadura que existe en la Isla de la Libertad, en la Cuba Socialista, pero el mundo, gracias a esa tristemente célebre excursión por la Ciudad de la Giraldilla, la capital de todos los cubanos y la de quienes  buscan una hermosa puesta de sol sin lágrimas ni bombas,  vio en primer plano y a color sus verdaderas caras.

No pudieron esta vez contar el cuento de las buenas víctimas, maltratadas por la Policía Nacional Revolucionaria y agredidas por agentes del Ministerio del Interior.  Se quedaron con ganas de montar su show, como lo han hecho en oportunidades anteriores.   Nobles cubanas y cubanos les siguieron, pacíficos, sin molestarlas ni cerrarle el paso. Solo en la misma calle, la que les pertenece por derecho máximo, porque día a día encuentran alguna esperanza y razón convincente para cuidar su proyecto y dejan la huella sudorosa de andar cotidiano.

Pero debe estar ya orquestada alguna manipulación. No invierto tiempo en indagarlo. Seguro de ahí se arreguindan, por los pelos como siempre se arreguindan, para montar la campaña difamatoria. Dirán que son agentes de la Seguridad del Estado vestidos de paisanos, bien pagados por el gobierno, o ciegos miedosos a las represalias que levantarán contra ellos en los centros de trabajo, el barrio, la escuela o donde se encuentren. Ni me he molestado en investigar si ya lo han hecho. Siempre es lo mismo.

Tal dicen y plasman en comentarios ofensivos que escriben en los blogs de quienes defienden el proyecto socialista, sean cubanos o no,  y donde acuñan como cierto que quien critique al gobierno va preso. O cuando afirman que todos los periodistas somos soldados a sueldo  y no tenemos criterios propios. Mentiras tan baratas como la ideología de buenas cubanas que venden estas damitas de cola loca, porque en verdad hay que tener alguna pieza bien desajustada y padecer de profunda amnesia para intentar siquiera simular una pena que ni sus zapatos denuncian. No digo ya por sus esposos presos, sino por toda la cadena de vejaciones sociales y humanas que declaran sufren en Cuba.

Es la manera más fácil de ganar dinero, mantener las ínfulas burguesas y hacer el juego a los que mantienen su odio visceral con la tierra que los vio nacer y que, por digna y humanitaria, cortó las alas de la ambición personal y ha luchado, con el más altruista y viril de los empeños, por que todos, sin excepción, tengan las mismas oportunidades y puedan garantizar, al menos un futuro decoroso, para sus hijos. Esto es lo que no aceptan los involucrados en la llamada primavera negra del 2003. Estos son los hipos de conciencia que los no siempre bien clasificados presos de conciencia  perdonan, mucho más si se saben protegidos por una mafia ridícula que pretende hacer ver al mundo que tienen las cualidades virtuosas de los legítimos patriotas.

Desde la América originaria sabemos quiénes son y cómo luchan los verdaderos  héroes de los pueblos y de la historia. En los años 50- 60 podía funcionar el engaño de sus aparentes deseos de libertad, democracia, independencia  y defensa de los derechos del hombre. Ha llovido mucho desde entonces. Quienes les siguen todavía el juego sucio del anticubanismo no quieren a Cuba, ni siquiera creo que algunos tengan todavía familiar cercano en ella.

Sencillamente, pusieron pie en Estados Unidos para buscar la mirada protectora de los enemigos de la Isla Faro, de la dueña ferviente del primer país libre de América Latina. La hermosa tierra que Cristóbal Colón bautizó con el primer piropo justo que quizás se dijo en el Nuevo Mundo. La que a solo dos años de establecer su gobierno revolucionario y socialista acabó el analfabetismo y convirtió los cuarteles en escuela.

Quién sabe cuantas analfabetas que aprendieron a escribir después de 1959 están de algún modo entre las Damas de Blanco. Quién sabe si hasta en los muertos que puso Cuba cuando la invasión a Playa Girón hay parientes de ellas. Quién sabe la auténtica raíz social de estas lamentables cubanas que trastocan las esencias del decoro de las madres y esposas cubanas.  Deberían contarla a los hambrientos periodistas de la gran prensa americana y española, a los Reporteros sin Frontera que se jactan de tener libertad de expresión, a los sensacionalistas blogueros que dicen amar al hombre y los echan a pelear con el don de la palabra escrita.

Por eso sentí un cosquilleo de júbilo cuando las vi con su marchita por las calles de La Habana, taconeando a su antojo, pero sin una pizca de dolor. Soberbias como la maldad. Y si se ofenden, porque no es necesario ofenderlas, ellas se encargan de hacerlo, contraten a sicólogos y sicoanalistas. Si son éticos les dirán el verdadero sentimiento que gritaban sus rostros. Mire, usted, creo que más bien les pegara vestirse de negro. La pureza del blanco no les viene. Huele a caca.