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No hay medallas para los médicos de Cuba

Por Graciela Guerrero Garay

Son tan diversas y extraordinariamente éticas, altruistas, aleccionadoras, humanas, sacrificadas, riesgosas y revolucionarias las misiones, el decoro, el amor, el talento y las vidas que arrebatan a la muerte en todos los puntos de las más agrestes y complejas geografías de este mundo que si me dicen que les busque una medalla exacta a los médicos cubanos, confieso, sin titubeos, que no encuentro ninguna que los aquilate.

Y no crean que les hablo solamente de los que hacen sonrisas en los ojillos tristes de los niños pobres de América Latina. O dejan un beso tierno en las caritas de asombro de los chicos africanos. Ni acaso de los que hicieron un parto en casa de campañas cuando la guerra del Golfo.

También cuento a los de aquí, los que suben a las montañas de la Sierra, los de Punta de Maisí, Guantánamo, Baracoa… Los de nuestros apartados montes a lo largo y ancho de la Isla, los de cada uno de nuestros hospitales, policlínicos, consultorios médicos. Los que no duermen nunca en las Salas de Terapia, Salones de Parto, Cuerpos de Guardia, servicios del SIUM.

A todos los que enfrentan, enfrentaron y enfrentarán las contingencias epidémicas como el Dengue Hemorrágico, los que jamás abandonaron sus puestos o fueron hacia ellos cuando el azote de los ciclones, los que siempre están para el llamado ante fenómenos imprevistos como los accidentes del tránsito, un incendio, una cirugía de urgencia.

Son tantas las gotas de amor y sudor que mezclan cada minuto nuestros médicos, enfermeras, técnicos y todo ese batallón de gente noble, desprendida, profesional y admirablemente humana que integran la medicina en Cuba que, sin subestimar ninguna distinción moral establecida – y mira que emociona al alma recibir un estímulo así- no encuentro una medalla exacta para tanto y todo.

Es que cuando digo “medalla” no me refiero justamente a esas preseas que tanto honran la memoria de los próceres que las distinguen, ni el valor de justicia laboral, social y prominencia política que encierran para quien la merece. Me refiero a esa otra, la invisible, la que perdura por siempre en la cicatriz que queda detrás de una operación que olía a muerte y ellos cambiaron por una huella de vida eterna en la piel.

O la que está en las lágrimas de alegría de una madre y un padre cuando le salvan al hijo. O en el alivio del dolor a un ancianito. Y en el sol que retoza en las pupilas que ahora tienen visión y estuvieron a oscuras por un tiempo infinito.

A esas, las que en silencio le damos – sin que ni ellos mismos se percaten – todos los dolientes de este mundo, me refiero. Estas caben perfectamente en un mutis de complicidad afectiva. En un gesto de admiración. En un respeto ex -profeso, un agradecimiento mudo, un recuerdo vitalicio, un sentimiento con nombre propio, una despedida que es llegaste para siempre.

Este 3 de diciembre – lo digo con toda seguridad – es más que una efeméride. Es la valía del valor de la medicina cubana, su arraigo internacionalista, su dimensión humanista y popular. Es la convergencia pura de generaciones de hombres y mujeres de la Revolución y antes de la Revolución, decidida a estar más allá de las tormentas de la muerte excavando por la vida.

Dentro y fuera de la Patria, esta Cuba Socialista, nuestra gente de la Salud es tremenda gente. Son tan extraordinariamente especiales para el amor y los actos heroicos que yo, con todas las vivencias humanas que guardan mis agendas,  no encuentro verdaderamente una medalla que los aquilate.