20070823072857-cultura1.jpgMás que un hecho, un lugar

Por Graciela Guerrero Garay

LAS TUNAS, CUBA (23 de Agosto) – Decir Federación de Mujeres Cubanas (FMC) en Cuba es mucho más que hablar de una organización femenina. Es, en una palabra, hacer a la mujer, mujer.

Gracias a ella, muchas campesinas, desde la remota década del 60, tuvieron en sus manos el placer de saborear y sentirse dueñas de su primer salario. Ir, libros y libretas, camino a un aula, muchas veces improvisada bajo pencas de yarey, pero convertidas en palacios de luz donde ellas mataron la ignorancia y sintieron que no era pecado llevar de aparato reproductivo sendos ovarios.

No más objetos decorativos, aunque todavía no había llegado al diccionario popular el “problema de géneros”. Lo esencial es que supieron, con sólidos argumentos y la semántica exacta, que eran seres humanos con todos los derechos. El de la utilidad, la socialización, la profesionalidad. Y que la familia tenía que tener su rostro y decisión, sino, no era familia.

Con el tiempo, la dialéctica hizo sus dones de reina y hoy, en un 23 de agosto, no caben todos los tantos que enriquecen la obra de esta magnate femenina que habla del coraje y el calibre de las cubanas para resistir, contra viento y marea, los maremotos existencialistas y el arraigo machista de una sociedad que se transforma minuto a minuto, no como ley impuesta como piensan muchos, sino a base de esa inteligencia creadora que rompe la inercia del anacronismo y la disyuntiva de ser o no ser.

No es extraño, por tanto, que las veas ahora, desde la niña de apenas 14 años, hasta la anciana de 70, cogidas de las manos cantando la Guantanamera, delante de una mesa que tiene lo mismo un pan con queso, un arroz con leche que una botella de vino de uva, cultivada en enredadera en uno de los patios de las casas del barrio. Es la alegría de vivir y el amor de estos años el verdadero manjar que deleitan. Lo demás, es secundario.

Pero lo más importante, quizás, sea que la FMC no es un gremio puramente femenino, amén de exigir como sexo tal condición. A fuerza de logros y amores, todas sus afiliadas, de una manera u otra, han sumado a los hombres a su actividad. Ya sea para que las ayuden a cortar la leña para el ajiaco de la celebración, cargar los equipos de música, adornar los locales, gestionar los insumos o, simplemente, ser la pareja de baile.

Así se ha diversificado y multiplicado el andar de las mujeres de esta tierra del Caribe. Y aunque hoy, como el año pasado o el antepasado, puedan mostrar una larga lista de metas vencidas, otras inconclusas y muchas por cumplir –he aquí su constante desarrollo y roll participativo, avance en fin-, no es lo que cuenta para seguir en pie.

Es esto de ser mujer, que en Cuba quiere decir empleo, educación, salud, planificación familiar, protagonismo público, independencia económica, nivel de decisión, derecho a elegir en lo personal y social, reír, soñar, investigar, compartir, aprovechar su talento y empatía para bien nacional e internacional, armar su destino…

Y lo vital…que la escuchen. No para lamentar posibles mutilaciones en asuntos de raza, sexo o escalones de mando. Por el contrario, para hacer de sus manos voz y cetro y agarrar el timón de la paz y la guerra. Acariciar el más osado proyecto y saltar la barrera infranqueable. Ser mujer, que es todo y esto, en este archipiélago antillano, jamás podrá divorciarse de la historia y la memoria de la Federación de Mujeres Cubanas.

Cada 23 de agosto, sea jueves como hoy o domingo como los que vendrán, estas razones son las que multiplican el orgullo y hacen erguir las palmas desde adentro, aunque no todas puedan andar con el último sostén de silicona o llevar en la cartera el sonado rimel de las casas de moda de Paris.

Las cubanas, por suerte, ya aprendimos que para ser mujer basta el perfume del altruismo propio, la delicada dignidad de un gesto humano y el sudor que alienta a la semilla. Esa que en el alma crea la libertad y el verdadero género. Lástima, caramba, que en el mundo no existan muchas almas para verlo.